Vladimir Putin ingresa a una sala en el Kremlin, en Moscú, el 15 de enero pasado (Reuters)Vladimir Putin ingresa a una sala en el Kremlin, en Moscú, el 15 de enero pasado (Reuters)

La inmutable capacidad de Putin para abandonar a sus aliados

2026/01/21 15:00
Vladimir Putin ingresa a una sala en el Kremlin, en Moscú, el 15 de enero pasado (Reuters)

Cuando en diciembre de 2015 Rusia decidió intervenir militar y diplomáticamente en Siria para asistir al dictador Bashar Al-Assad en su guerra intestina, Vladimir Putin prometió asistencia absoluta a su aliado. Bombardeó dejando en ruinas decenas de ciudades. Masacró pueblos enteros. Y además bloqueó en las Naciones Unidas cuanta resolución pretendía poner un freno a tanta matanza. Sostuvo a su aliado en Damasco hasta que sus escasos recursos no le permitieron distraerse más en Medio Oriente y en menos de diez días el régimen -eterno- de los Assad caería.

La gran razón para semejante abandono fue el empeño imperialista de Putin de apoderarse de Ucrania. Esa guerra -que se suponía relámpago- comenzó el 24 de febrero de 2022 y aún continúa con escasos cambios en el mapa. En su invasión continental, Rusia dejó expuestas dos debilidades: por un lado, su incapacidad militar para ejecutar una misión precisa y contundente; por el otro, su imposibilidad de mantener varios frentes abiertos simultáneamente y con éxito.

Fue por eso que cuando Ahmed Al-Shara inició su campaña final, casi no encontró resistencia en su paso triunfal por Siria. Ante la inminencia de la llegada de los rebeldes a Damasco, Al-Assad recibió como única asistencia de Moscú una llamada ofreciéndole asilo y transporte.

Nicolás Maduro, el narcodictador capturado en la madrugada del 3 de enero en Caracas, tuvo varias oportunidades para abandonar Venezuela y eludir la justicia norteamericana. Pero creyó que su alianza con Putin -y con Cuba, Irán y China- lo salvarían. Durante 2025 realizó un único viaje al exterior: fue para conmemorar el 80 Aniversario del Día de la Victoria en Moscú. Hasta último momento, Maduro confió en que sus buenas artes diplomáticas con Rusia serían suficientes para evitar el cadalso al que se somete en Nueva York.

Desde los tiempos de Hugo Chávez, Rusia vendió a Venezuela sistemas de defensa aérea, aviones y demás radares para su protección. Incluso generales rusos pisaron tierra caribeña con decenas de oficiales para instruir a miembros de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en tácticas avanzadas para el vuelo de drones y operaciones de fuerzas especiales. Ninguna de esas herramientas sirvió en la madrugada fatídica que trasladó a Maduro a Estados Unidos.

Pero Putin, por imposibilidad o desinterés, nada hizo por su aliado. Ninguna línea roja alertó al dictador que comandos de Delta Force estaban por capturarlo. Durante la misión norteamericana los rusos estuvieron mudos, ciegos y sordos.

La historia siria se repitió en América Latina. A Maduro le fallaron las matemáticas. La distancia entre Moscú y Damasco es de casi 3.400 kilómetros, mientras que la de la capital rusa con Caracas es de 9.990 kilómetros. Ni siquiera hubo un avión que lo evacuara. ¿Qué le hizo creer que lo salvarían estando aún mucho más lejos que de Al-Assad?

En Cuba sienten algo similar. El síndrome de abandono se repite. La crisis humanitaria, social, económica y política que atraviesa la dictadura castrista parece no encontrar fin. Se halla en un permanente loop. Deslegitimizada, sin los barriles de petróleo y el flujo de droga que llegaba desde Venezuela, con apagones cada vez más frecuentes y duraderos y sin agua, Moscú ni siquiera asiste monetariamente a sus antiguos aliados.

Los jerarcas cubanos creen, por lo bajo, que Putin podría estar ingresando, además, en un proceso de debilitamiento interno. En Rusia, las guerras que no se ganan no suelen tener buenos augurios para sus comandantes. Y Moscú hace casi cuatro años que está empantanado en Ucrania perdiendo cada vez más esferas de influencia en todo el mundo.

En Irán, por su parte, al ayatollah Alí Khamenei -y sobre todo los miembros de la Guardia Revolucionaria Islámica- estará observando -lamentando- algo similar. En junio pasado, no hubo radar ruso que les advirtiera a las autoridades de Teherán que decenas de cazas israelíes F-35 estaban atravesando el cielo iraquí para bombardear objetivos en territorio iraní, provocando un desmembramiento de la cúpula militar y de inteligencia de la teocracia.

El régimen no levantó la voz en su momento, pero se conoció el descontento que hubo con Moscú por su falta de asistencia. Se vivió como un acto de ingratitud: Irán había suministrado incontables drones y proporcionado tecnología para asolar a la población ucraniana que no fue correspondido proporcionalmente cuando más se necesitó la ayuda.

Esta serie de abandonos geográficos demuestra no sólo la fragilidad y lo etéreo de su red de influencia diplomática y militar, sino también que sus campañas de desinformación para minar las democracias occidentales y para mostrarse como una alternativa en el mapa fueron sólo eso: campañas.

En América Latina Venezuela -más dramáticamente- y Cuba sienten de primera mano la frustración de las promesas de protección y asistencia incumplidas. Nicaragua tampoco recibirá ayuda cuando se acerque su hora más dramática. ¿Tomarán nota aquellos que coquetean con el Kremlin para reafirmar sus narrativas?

X: @TotiPI

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