Con ese engendro, Trump busca dar la estocada definitiva a la ONU como legítima representante de la comunidad internacional y, por otra, dotarse de una palanca Con ese engendro, Trump busca dar la estocada definitiva a la ONU como legítima representante de la comunidad internacional y, por otra, dotarse de una palanca

Trump quiere convertir su “Junta de Paz” de Gaza en una ONU 2.0 para gobernar el mundo como un caudillo

2026/01/21 17:17

Mientras Benjamín Netanyahu viola diariamente el acuerdo de alto el fuego en Gaza, asesinando y negando la ayuda a sus habitantes, ahoga a la UNRWA y prohíbe la actividad de 37 organizaciones humanitarias en Gaza y Cisjordania, su principal aliado, Donald Trump, va dando forma a una Junta de Paz doblemente inquietante.

Por un lado, lo que se deduce en primera instancia del borrador que se ha dado a conocer es que Trump no está pensando en Gaza, sino en su propio plan de liderazgo planetario, tan imperialista como contrario al multilateralismo y al orden internacional vigente. Un plan que apuesta por “la paz mediante la fuerza”, y para el que, en esencia, sostiene que debe contar con el ejército más poderoso y competente del planeta (como se recoge en la reciente Estrategia Nacional de Seguridad), así como eliminar todo obstáculo multilateral para imponer su dominio.

Así se entiende, por ejemplo, su reciente orden ejecutiva para sacar a Estados Unidos de 66 organismos internacionales, de los que 31 son parte del sistema ONU, argumentando no solo que no sirven a los intereses de Washington, sino que actúan en su contra. En esa misma línea, impulsado por un narcisismo que no conoce límites, ha enviado una carta al primer ministro noruego en la que (sin querer entender que el Comité Nobel es independiente del Gobierno noruego) dice que como no ha recibido el premio, se desentiende de la búsqueda de la paz para centrarse únicamente en la defensa de los intereses de EEUU (y de los suyos propios); como si hasta ahora hubiera hecho otra cosa.

Como resultado de ese afán caudillista acaba de presentar una Junta de Paz que, sin apenas disimulo, pretende convertir en un órgano de gobernanza global a su imagen y semejanza. Con ese engendro, Trump busca, por una parte, dar la estocada definitiva a la ONU como legítima representante de la comunidad internacional y, por otra, dotarse de una palanca de poder al servicio de su megalomanía.

Al margen de cuál pueda ser el resultado final de su iniciativa, ya resulta evidente su sesgo mercantilista, imponiendo una cuota de 1.000 millones de dólares a quienes quieran convertirse en miembros permanentes (sin aclarar el destino de lo recaudado), según ha informado Reuters, que ha tenido acceso al borrador de los estatutos.

Imagen de archivo de Donald Trump atendiendo a la prensa frente a la Casa Blanca.

Igualmente, resulta llamativo el listado de los alrededor de sesenta destinatarios de la invitación (solo jefes de Estado o de Gobierno), con personajes como Netanyahu, Milei, Orbán, Lukashenko y Mohamed bin Salmán, como figuras destacadas de un colectivo en el que solo falta Kim Jong-un, que no se distingue precisamente por su defensa de la democracia, los derechos humanos y la ley internacional. Un esquema en el que queda claro que el propio Trump figura como jefe supremo con potestad para determinar la agenda de la Junta, las entradas y salidas de sus participantes y, por supuesto, con derecho de veto sobre todas las decisiones que adopte.

El esperpento se completa con un Comité Ejecutivo del que solo forman parte sus leales escuderos Marco Rubio, Jared Kushner y Steve Witkoff, multimillonarios afines como Marc Rowan y Ajay Banga, y personajes tan controvertidos como Tony Blair. Con esa estructura, Trump aspira a tener un órgano que, mucho más allá de Gaza, le sirva para seguir alimentando su falsa imagen de pacificador universal, rodeándose de gobernantes interesados en seguir bajo el amparo de quien equivocadamente ven como un protector.

Cuenta así con poder moverse al margen de la legalidad internacional, inmiscuyéndose en aquellos países en los que por diferentes razones tenga intereses más o menos legítimos. Y todo ello, para mayor escarnio, contando con el aval que le proporciona la propia ONU, al haber aprobado en noviembre pasado la creación de dicha “Junta de Paz” en el marco de la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad, que daba luz verde al plan de Trump para Gaza, contando con trece votos a favor y la abstención de China y Rusia.

Por lo que respecta a Gaza, en el acuerdo de cese de hostilidades alcanzado el pasado 10 de octubre se estipulaba una segunda fase cuyos hitos principales debían ser el desarme de Hamás, la retirada de las fuerzas israelíes, el despliegue de una Fuerza Internacional de Estabilización y la creación de un órgano de gestión política de la Franja. A la espera de algún avance en los tres primeros puntos señalados, Trump anuncia también la creación de un Comité Ejecutivo para Gaza, subordinado a la “Junta de Paz” y en el que vuelven a aparecer Witkoff, Kushner, Rowan y Blair, acompañados del multimillonario chipriota-israelí Yakir Gabay y representantes de Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Turquía. No se trata solamente de que no haya ningún palestino en dicho comité, sino de que incluso Israel se ha manifestado en contra por considerar que no debe haber ningún representante de países árabes y, menos aún, de Turquía, a quien considera un enemigo.

Por su parte, los palestinos han mostrado abiertamente su rechazo a dicho comité, no solo porque entienden que Israel sigue incumpliendo descaradamente el acuerdo de alto el fuego, sino porque se ven relegados a una entidad de segunda fila, denominada Comité Nacional para la Administración de Gaza. Ese será el órgano supuestamente “tecnocrático y apolítico”, encabezado por Ali Shaath, que debe gestionar la penosa realidad diaria de la Franja sobre el terreno. El nombramiento de Shaath, que ya fue viceministro de la Autoridad Palestina, pone en evidencia la incapacidad de los líderes políticos de palestina de encontrar alguna figura relevante que no haya estado vinculada a dicha Autoridad o a Hamás.

Este, en resumen, no puede ser el camino ni para un mundo más pacífico ni para una Palestina con futuro.

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