Primero fue Carlos Gardel y ahora es el turno de Sandro. Sin embargo, el cantor no es lo uno ni lo otro. Conlleva un modo de atravesar la música a su modo, más allá de su admiración por próceres populares y la influencia que ejercieron sobre él.
Ariel Ardit es uno de los referentes del tango más importantes de las últimas dos décadas. Su minucioso fraseo y un estilo que no evita las reminiscencias clasicistas, construyeron su idiosincrasia personal, distintiva, reconocida por los aláteres de la música ciudadana.
Se formó como cantante lírico, ingresó al tango dada su admiración por Carlos Gardel y, actualmente, sorprende al abordar parte del repertorio esgrimido por Roberto Sánchez, Sandro. “Fue una necesidad artística”, reconoce.
Su desafiante aventura -que presentó en público hace pocos días en la última edición del Festival Nacional de Folklore de Cosquín- este viernes lo depositará en el escenario de La Trastienda donde ofrecerá Sandro así, como tituló a su flamante material editado de manera digital y con el deseo de convertirlo en vinilo.
-Al acceder a tu álbum encontré tu estilo indeleble, pero, además, no desaparece en la mixtura la esencia de Sandro.
-Es lo que me propuse, cantar las canciones de Sandro como Ariel Ardit.
-Una travesía nada sencilla, dado el personal ADN de Roberto Sánchez, tan instalado en el inconsciente colectivo.
-El otro día alguien me dijo: “te metiste con una estatua”. Es como el bronce de Gardel en Chacarita.
-Estás acostumbrado a “meterte con estatuas”.
-Exacto, también hice los temas de Troilo e interpreté las versiones de los cantores de la década del cuarenta, pero mi intención siempre es sentirme bien representado con mi canto y mi sonoridad. En este caso, la idea primera fue que los arreglos no fueran de tango.
-Pero se percibe una atmósfera tanguera y no está mal.
-Sí, eso está agregado, pero no es el eje central del proyecto. Trabajé con mucha libertad, me propuse cantar algunos temas de Sandro como me salen a mí.
Los arreglos de Sandro así pertenecen a Noelia Sinkunas y Daniel Vilá. El pianista Andrés Linetzky, socio de Ardit, forma parte del material, junto con los músicos Ramiro Boero (bandoneón), Pablo Guzmán (bajo), Martín Sabagh (batería), Rodrigo Gonzálvez (guitarra), Manuel Quiroga (violín) y Elizabeth Ridolfi (viola).
Se sumergió en el cancionero de Roberto Sánchez con una premisa clara: “armar un escenario musical diferente al de Sandro, porque las canciones están llevadas a otra velocidad o las introducciones son diferentes. ‘Rosa rosa’ es el mejor ejemplo de eso, lo cual me da una atmósfera diferente. cuando canto pienso en las letras y no en él. Siempre hay un riesgo, pero no tengo ninguna necesidad de copiarlo, me sentí libre”.
Ariel Ardit nació en 1974 en la ciudad de Córdoba en el seno de una familia de artistas. Su madre cantaba folklore y sus tíos eran artistas de variedades que solían integrar los elencos de los teatros de revista que hacían temporada en Villa Carlos Paz. En ese contexto familiar, en 1978, a sus cuatro años, un hecho fortuito lo llevó al pequeño Ariel a acercarse al repertorio del intérprete de “Penumbras”.
“Mi abuela, ‘La Bele’, había alquilado el Teatro Luz y Fuerza de Córdoba para que se presentaran mi mamá y mis tíos. Por algún motivo, ellos me subieron al escenario para que imitara a Sandro y al Hacha Ludueña, un jugador de Talleres”.
-Evidentemente eras un niño bien desinhibido...
-Tenía cero conciencia de la situación. Recuerdo la camisa de raso azul que me hizo una modista, Doña Calandra, que vivía a la vuelta de la casa de mis viejos, y también tengo presente una máscara que utilizaban mis tíos y que me generaba mucho miedo.
Aún viviendo en la ciudad de Córdoba, sus padres se separaron, un primer dolor para el aspirante a cantor. Cuatro años después de aquella actuación fundante en su ciudad natal, los vaivenes familiares lo llevaron a radicarse en Buenos Aires junto a su mamá y su hermano César.
En ese momento, sus tíos -que formaban los grupos El Súper Clan y Los X Tres- ya estaban instalados en el centro porteño trabajando en diversas compañías teatrales. “Hacían lo mismo que Midachi, pero empezaron mucho antes. Además, trabajaron con Jorge Corona, Moria Casán, Mario Sánchez”.
Ya instalado en el barrio de Balvanera, y siendo adolescente, iba mutando de vocaciones: “Quería ser desde futbolista hasta boxeador de catch”. Su padre, Cachito, se había quedado en su provincia, con lo cual pasó a ser la figura masculina de la casa y un referente para su hermano menor.
“Era un revoltoso, mi mamá trabajaba todo el día y yo me la pasaba cuidando a mi hermano, pero con mucha calle. Era como un pandillero cordobés en Buenos Aires, me gustaba agarrarme a piñas”.
-Te llegaron a echar del colegio.
-Sí, pero dejé un buen recuerdo, al punto tal que Ema de Marco, mi maestra de quinto y sexto grado, me fue a ver a un recital.
Independiente en todos los aspectos, ejerció los más diversos roles para subsistir y colaborar en su casa: “Trabajé en la feria de San Nicolás, en un puesto de fiambres donde despachaba la mercadería o la llevaba a domicilio y también hice el reparto de un puesto de diarios de Córdoba y Rodríguez Peña”.
El departamento de la calle Viamonte -que pertenecía a su abuela- donde se había radicado con su madre y hermano fue un lugar de inspiración. “El duchador del baño tenía un cable flexible plateado que parecía un micrófono y ahí cantaba los temas de Sandro, que era lo que más se escuchaba en la casa de mis tíos”.
-Podría decirse que cantando bajo la ducha se resolvió tu vocación.
-En mi adolescencia, no me animaba a decir que quería cantar.
-¿Por qué?
-Mis tíos eran muy graciosos -no eran famosos, pero trabajaban con las grandes figuras-, y mi mamá era la intérprete seria de folklore que siempre cantó espectacular, así que entendía que no había demasiado lugar para mí, pensaba: “los artistas son ellos”.
-Entonces...
-Hacía otras cosas. En algún momento, como excusa, dije que me interesaba ser pianista, así que me compraron un teclado y me puse a estudiar en el Conservatorio Manuel de Falla, algo que me sirve hoy para vocalizar.
-Cuando llegó el momento de ubicar en blanco sobre negro el canto, lo hiciste desde un género con el que no se te identifica públicamente.
-Así es, lo hice a través del género lírico. Fue ya pasada la adolescencia cuando le dije a mi vieja que quería cantar.
-¿Cómo reaccionó?
-Me dijo que, si no me interesaba hacer otra cosa, me pusiera a estudiar canto. Desde la lírica me acerqué a Carlos Gardel, que se escuchaba mucho en las reuniones familiares.
Se conoce muy poco de su vida personal, no es de los que se pasean por las redes sociales haciendo alardes de su privacidad. Es padre de dos hijas, Nina y Renata, “son hermosas, la mayor construcción de mi vida, mi mejor capital”.
Racional y agradecido, entiende que “la vida ha sido muy generosa conmigo. He sido muy atorrante y siempre que soñé algo, salvo ser futbolista, se me ha dado. El fútbol tuvo razón en no aceptarme, pero, cuando quise ser luchador de catch lo fui, en seis meses aumenté veinte kilos y me entrené con mi ídolo, Mister Moto”.
En medio de esos logros, un dolor se filtra en la charla: “La muerte de mi abuela, La Bele, fue la pérdida más grande que tuve, pero, en cada nueva etapa de mi vida, se me sigue apareciendo esta vieja que tiene mucho que ver con lo de Sandro”.
-¿Cómo es que “aparece”?
-El nombre que me puso mi mamá es Cristian, pero mi abuela le dijo “ponele Cristian, que yo le pongo el segundo, porque él va a elegir llamarse Ariel”. Lo primero que hice cuando tuve uso de razón, en el jardín de infantes, fue decidir que me dijeran Ariel”.
La Bele fue su abuela materna y su apodo da cuenta de la imposibilidad de Ariel, siendo muy chico, de pronunciar correctamente la palabra “abuela”.
“Ha sido fundamental en la familia, fue una mujer muy carismática, boca sucia, muy de ir al frente. El marido la abandonó cuando era muy joven y quedó con todos sus hijos para mantener sola. Fue alcohólica y logró recuperarse. Fumaba desde los doce años, pero dejó el cigarrillo. Tuvo un cáncer que superó y murió de vieja, a sus 86 años”.
Uno de los orgullos de Ardit es que su abuela logró conocer a sus hijas.
A la hora de relatar anécdotas rápidamente fluyen momentos y siempre su abuela como referente: “Canto el himno por ella. Cuando la vieja escuchaba el Himno Nacional por la televisión, se ponía de pie y lloraba. Con mi hermano nos reíamos al verla, pero, una vez que falleció, me encontré yo mismo emocionado al escuchar el himno en una transmisión".
Vueltas de la vida, más causales que casuales, Ardit grabó la máxima canción patria: “Primero registré el himno con una orquesta típica en homenaje a mi abuela, al tiempo se lo canté a Diego Maradona en Dubai y luego propuse cantárselo a capella a la Selección Nacional, lo cual me llevó a ser el cantor que más veces entonó el himno para los jugadores”.
Se enorgullece de las siete oportunidades en las que cantó para los deportistas que lucían la casaca celeste y blanca. En una de esas ocasiones hasta hizo llorar a Emiliano “Dibu” Martínez, episodio que terminó convirtiéndose en meme.
Pensando en La Bele no puede dejar de reconocer una costumbre que devino en el material que actualmente está presentando: “Con ella veía las películas de Sandro”.
Indudablemente fue y sigue siendo una marca que define algunos de sus pasos más fundamentales: “Cuando grabé ´Rosa rosa´, al momento de decir la estrofa ´como blanca diosa´, se me dibujó la imagen de mi abuela que se llamaba Blanca Amalia, aunque le decían ´La Negra´. Ahí entendí que le cantaba a ´La Bele´, le cantaba a esa vieja querida. Y esa toma, con la emoción que generó la imagen en mi pensamiento, es la que forma parte del disco, aunque no es la mejor”.
-Cuando descubriste su obra, ¿qué te generó Carlos Gardel?
-Me dije: “me gusta mucho como canta este señor”. Mi vocación por cantar es una consecuencia de haberlo descubierto.
También aquellas tertulias en El Boliche de Roberto, en Almagro, fueron inspiración y confirmación de un rumbo posible. “Tal vez, si Gardel hubiese cantado otra música, yo no hubiera sido cantor de tangos; de hecho, pensaba ser intérprete lírico, aunque admiraba a Carlos Gardel”.
-¿Qué influencia tuvo tu acercamiento al reducto de Almagro?
-Pasando por allí, escuché una voz que me llamó la atención e hizo que me acercara. Me convidaron a cantar, pero no me animaba, aunque me apuraron: “¿No sabés cantar un tanto?”. Le tocaron el amor propio, con lo cual el cantor improvisó “Soledad”, uno de los clásicos del Zorzal Criollo.
Sus visitas al lugar se incrementaron y los jueves solía cantar un par de tangos en la peña del boliche. En ese entonces, se ganaba la vida en una casa de fotografía. “Durante la semana aprendía tangos, llegaba el jueves a la noche, me paraba al lado del guitarrista y le indicaba qué tema iba a cantar y en qué tono. Fue un gran oficio para mí, un aprendizaje tremendo”.
Allí lo escucharon los integrantes de la orquesta El Arranque, quienes lo convocaron. “Hasta ese momento seguía pensando que lo mío era la lírica y que mi hobby sería el tango”. Sin embargo, jamás cantó un aria en público. El destino decide.
“Sigo tomando clases de tango lírico y, curiosamente, jamás canté un tango en mis clases de canto, lo separé de mi formación vocal, nunca quise contaminar ambos mundos, pero las herramientas de mis clases de lírica me sirven en mi repertorio habitual”.
-Tenés un decir y hasta un rictus gestual que es amigable con cierto modo del tango tradicional. ¿Te ha molestado que te asociaran estrechamente al ideario gardeliano, siendo un cantor con repertorio mucho más amplio?
-No, porque el disco en homenaje a Carlos Gardel lo grabé en 2015, pero comencé a cantar profesionalmente en el año 1999. Tuvieron que pasar muchos años hasta que grabé a Gardel. La comparación es absurda, estoy a años luz de él.
Ariel Ardit juega de local en países como Colombia y ha realizado varias giras a Japón, por solo mencionar dos ejemplos en torno a sus recorridos internacionales, pero descree que en el exterior el género se muestre impuesto de manera masiva.
“Si vas a Medellín y buscás, te encontrás con el tango; lo mismo sucede en Buenos Aires, donde hay mucha gente haciendo esta música. El tema es que es un género que no estrena obra nueva, entonces se aleja de lo comercial para conformarse como un espacio de culto; por eso los artistas del tango somos millonarios en prestigio, pero no en plata, y ese prestigio se percibe, no sólo en Argentina, sino en buena parte del mundo”.
-El repertorio de Sandro es muy vasto, ¿cómo seleccionaste qué grabar?
-Dentro de los “infaltables”, elegí los que creí que me podía lucir más desde lo estético y dramáticamente, en versiones diferentes a las suyas. Las versiones de “Penumbras” y “Así” de Sandro son inimitables, pero sabía que a esos temas les podía dar una vuelta en torno a proyección vocal y trabajar otras tonalidades, un poco más agudas que las de Sandro.
“Penumbras”, “Porque yo te amo”, “Trigal”, “Quiero llenarme de ti”, “Así”, “Rosa rosa”, “Cómo te diré” y “Atmósfera pesada” conforman el repertorio del flamante álbum, clásicos. “Los grabé con mucha humildad. Soy un cantor de tango que, en este momento, está cantando los temas de Sandro, pero no lo está imitando”.
Hacía siete años que Ardit no ingresaba a estudio a registrar un material. “No estaba encontrando qué grabar”. Sandro así se suma a una colección de una decena de materiales. A eso hay que sumarle cuatro materiales con la orquesta El Arranque y diversas colaboraciones. En simultáneo al material en torno a Sandro, también editó Somos, un disco de tango junto a la cantante Lidia Borda.
-¿Qué sentís que se embebe en vos o te acerca a Carlos Gardel y a Sandro?
-Tienen un costado de atorrantes, traviesos de barrio, en eso me identifico totalmente, por eso los elegí. Por otro lado, tuvieron un gran poder desde la comunicación. Ahí estoy más lejos de ellos, porque todavía no mostré lo que he podido escribir.
Sandro Así. Viernes 13 de marzo a las 21, en La Trastienda (Balcarce 460)


