Es la presencia argentina olvidada en los Oscar, pero Violeta Kreimer nació en nuestro país y no pierde las esperanzas de alzar la dorada estatuilla este domingo. Es una de las productoras de Deux personnes échangeant de la salive, que es uno de los nominados al Mejor cortometraje de ficción. Recorrió 70 festivales donde obtuvo 20 premios y ahora acaricia el sueño dorado de un Oscar para Francia, pero con indudable acento argentino. “Son 250 cortos que están calificados y que entran en la plataforma inicial y luego cada votante debe tener vistos 42 cortos para poder votar la short-list de 15 postulantes y luego, tienen que ver esos 15 cortos para poder votar a los 5 que quedan nominados”, detalla Kreimer en exclusiva para LA NACION desde París, previa a partir hacia Hollywood para respaldar la campaña del corto y participar de los eventos que realiza la Academia antes de la premiación, para lo cual ya recorrió un largo camino.
Kreimer nació en Vicente López, estudió en el Liceo Francés y vivió en la Argentina hasta los 20 años, cuando comenzó a estudiar la carrera de Ciencias Políticas que luego culminó en París. Este cronista constató el recorrido internacional del corto en la edición 2025 del Festival de Clermont-Ferrand [el festival de cortos más importante del mundo] y donde Two people exchanging saliva conquistó el poderoso Premio del Público: “Fue la constatación de que teníamos un público más amplio del que pensábamos. Le llega a la gente; fue muy importante para nosotros ver esa respuesta en esas impresionantes salas. A mí me emociona y quiero volver a ir”, confirma exultante sobre el “Cannes del corto” que ubicó a este trabajo en un lugar preferencial.
En Dos personas intercambiando saliva, tal la traducción literal del título, la historia se traslada a un mundo distópico donde la gente paga con cachetazos. Una mujer que compra compulsivamente en una tienda de lujo conoce a una vendedora de la que se enamora. Pero en esa sociedad, besarse se castiga con la muerte.
—¿Cómo es el recorrido que hizo que estés ahora viviendo en París y produciendo cine con un corto nominado al Oscar?
—Básicamente, yo estudié en la Argentina en el Liceo francés, luego vine a Francia por un intercambio y me terminé quedando por temas familiares y laborales, y empecé a trabajar en el arte contemporáneo. Trabajé más de once años, primero en fotografía, luego en videoarte y, finalmente, dirigiendo el taller de un artista llamado Xavier Veilhan, que fue el elegido para representar a Francia en la Bienal de Venecia 2017 y con quien hicimos mucho texto de instalaciones, videos y espectáculos. Después de la Bienal de Venecia, yo tenía ganas de abrirme al cine y creé una sociedad llamada Misia Films con la productora italiana Valentina Merli, que viene específicamente del cine. Abrimos la empresa y enseguida nos llegó el covid.
—Lo cual supuso una pausa...
—Venía mucho del arte contemporáneo y tenía ganas de llevar a artistas visuales a hacer cine o videoarte, pero un poco más narrativo. Esas eran mis ganas iniciales, pero luego me di cuenta de que era mucho más complicado de lo que parecía porque llevar a un artista visual a hacer una residencia en escritura narrativa y llegar a un guion tan armado era difícil. Luego llegó el covid, pero como tenía mis “links” con los mecenas del arte contemporáneo, les propuse a las Galerías Lafayette, que tienen una fundación y que además exponen a artistas en el lugar, filmar películas en los espacios vacíos de las galerías. Yo tenía una situación privilegiada con ellos porque habían sido mecenas del pabellón francés que había producido en Venecia y aceptaron la propuesta.
—¿Y así directamente llegó el corto?
—No. El proyecto empezó siendo una serie que era al principio filmar dentro de las galerías cerradas y uno podía estar adentro. Cuando terminó el covid, quisimos seguir y comenzamos a filmar de noche. La serie existe y está online. Son diferentes miradas de artistas y directores que tomaban esos espacios de manera conceptual o musical en una única noche de rodaje. Alexandre Singh es un artista que sigo hace mucho tiempo y Natalie Musteata es más curadora y escritora. Hacía bastante que queríamos trabajar juntos y me habían propuesto hacer una película en el Louvre, pero no había espacio ni tiempo, y les dije que teníamos este lugar de las Galerías Lafayette, que es increíble.
—¿Eso les brindaba más libertad para el rodaje?
—Sí. Durante años fue un megastore de música y hace unos diez años volvió a las Galerías Lafayette, que las reabrieron y tiene un tamaño mucho más fácil de usar que las de Haussmann, donde, además, todas las noches hay cosas. Ellos habían hecho un corto previo donde se veía el potencial, y la obra de Alexandre siempre tiene una narrativa y tenía ya una ópera llamada The Humans. Él es de origen indio-francés y ella es rumana, pero también está muy ligada a Francia. Viven en los Estados Unidos y en el Zoom les propuse si podían imaginarse algo en este lugar. Les interesaba trabajar en el centro comercial y enseguida salió la idea de las cachetadas y de un mundo donde, para pagar, te pagan con cachetadas.
—Pero quedaba contar la historia...
—Ellos, si bien parecen muy serios y muy aplicados, tienen ideas siempre loquísimas. Natalie [Musteata] siempre aporta la parte más emocional y señaló que si estábamos yendo a hablar de una sociedad donde la violencia estaba normalizada, tenía que haber un contrapunto muy fuerte en relación con la ternura. Y entonces apareció la idea de que, si el cachetazo está normalizado, el beso está prohibido. Y allí comenzamos la escritura del guion, que surgió como una invitación mía a ellos. Luego la fuerza del guion lo transformó en lo que es porque las otras películas de esta serie duran entre 5 y 7 minutos, y esta dura 36. Dudamos si hacíamos un largo, pero no teníamos una historia para eso, así que decidimos quedarnos en 36 minutos, aunque es difícil hacer circular un corto de esa duración.
Consultada sobre la situación del financiamiento del cine argentino, Kreimer dice que no se siente con derecho a emitir su opinión sobre la realidad argentina porque hay detalles técnicos muy complejos, pero sí al señalarle las similitudes de producción con el modelo francés, señala: “Lo que sí sé es que el sistema de Francia es virtuoso y aquí también hay que defenderlo día a día, porque la extrema derecha sigue sin comprender que el sistema francés no le cuesta un euro a la comunidad y se autofinancia. Pero sigue siendo la retórica de la extrema derecha, señalando que el sistema público financia obras que hablan de musulmanes y de la inmigración cuando no hay un euro público que circule en financiación de obras. Este sistema es el único que va a permitir que haya diversidad de voces y estilos, y no solo películas completamente comerciales. Aunque Francia es la meca de este sistema, hay que defenderlo. El cine independiente argentino sigue siendo un semillero de talentos y es un capital cultural inestimable que se exporta y brilla en el mundo. Los sistemas de financiación tanto en Francia como en la Argentina son seguramente mejorables, pero siguen siendo ejemplares y toda medida que tenga como resultado empobrecerlos es puramente política”, dice.
—¿Siempre la fantasía hace una metáfora de la realidad y este corto en qué interpela al espectador?
—Los tiempos que corren resuenan enormemente con lo que pasa en el corto. Incluso antes de que decidiéramos filmar con el protagónico de Zar Amir que es iraní, estaba la idea de hacer un guiño con lo que pasa en Irán con el movimiento Woman, Life, Freedom. Y en la misma época había visto todo el movimiento en Florida y la propuesta de prohibir mencionar la palabra “gay” en las escuelas. Ese fue el momento en el que comenzamos a escribir y, sin querer hacer nada ilustrativo, estábamos en un mundo en el que Estados Unidos estaba pasando para el otro lado; en la Argentina se veía venir; en Italia ya estaba instalado. Resuena en muchos lados; el acto de resistencia de la ternura creo que hace eco a muchos países en este momento. Como un acto de resistir al autoritarismo.
—¿Cómo se involucraron Isabelle Huppert y Julianne Moore en el proyecto?
—La circulación internacional del corto fue generando muchas situaciones. Los premios de la película, la presencia de The New Yorker que quiso incluirla en su lista de exclusivos en los Estados Unidos. Con esa fuerza decidimos hacer la campaña del Oscar, que es un esfuerzo enorme de tiempo y dinero, que tuvimos además que buscar. En el Oscar tenés que pasar una serie de etapas, parecidas a las de películas internacionales, pero mucho más difíciles. Hicimos un lanzamiento de la campaña en París y conseguimos hacer un minicoctel muy divertido ligado a la idea del mal aliento e invitamos a esa proyección a los votantes del Oscar. Ahí también invitamos a Isabelle Huppert y vino además Catherine Deneuve, que tiene una curiosidad cinéfila increíble. Vino sola, movida por la curiosidad. A Isabelle le encantó y tuvo luego un encuentro de media hora con los directores. Es un corto que resuena en el cine de Isabelle Huppert. Y luego, buscamos maneras de generar prensa y madrinazgos alrededor de la película. Se lo propusimos y aceptó brindar su apoyo. En el caso de Julianne Moore, vio el corto porque se lo mandó su agente y le mandó un mail a los directores para conocerse y sucedió lo mismo: le propusimos ser madrina y con una generosidad absoluta aceptó. Es como el caso de La voz de Hind Rajab. Es el apoyo a una causa.
—¿Qué te pasó con la nominación al Oscar?
—Yo no provengo del mundo del cine, aunque mi marido es director de cine en Francia y siempre tuve mucha conexión con gente de ese mundo en la Argentina, aun sin trabajar en el medio. En la Argentina está esa cosa de decir como expresión: “¡Te ganaste el Oscar!”, como si fuese algo que ya está. Es como una especie de momento mágico y bastante irreal. Lo que más me emocionó fue confirmar con este equipo que podíamos hacer un proyecto que trascendiera las fronteras, con tanto impacto y, en lo personal, ver la reacción de mi mamá y mis hijas, que saben que me dedico a la producción, que significa tantas cosas, pero que por primera vez puede sintetizarse en algo concreto que pueden entender. Ojalá esto también marque mi vuelta a la Argentina trabajando en cine, pero el proyecto de Deux personnes échangeant de la salive es internacional y esa es su fuerza. Pero sí, yo no tengo todavía renovado el pasaporte francés porque me siento plenamente argentina.

