¿Empieza a germinar una demanda ciudadana que, sin volver al pasado, exija un salto de calidad en materia de institucionalidad y convivencia?¿Empieza a germinar una demanda ciudadana que, sin volver al pasado, exija un salto de calidad en materia de institucionalidad y convivencia?

Racionalidad económica con moderación política: ¿la próxima estación de la Argentina?

2026/03/12 04:39
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Hay una pregunta que fascina a los politólogos: ¿cuándo se empezó a gestar el fenómeno Milei? Muchos creen que fue en la pandemia; otros ubican la génesis más atrás. Todos coinciden, sin embargo, en que se trató de una gestación silenciosa, subterránea, que fue difícil “verla venir”. Estimulados por ese antecedente, hoy algunos empiezan a formularse una pregunta que tal vez suene fuera de tiempo, pero que se justifica por los vaivenes y la impaciencia, pero también por los aprendizajes, los cambios y las evoluciones que ha mostrado el electorado en las últimas décadas: ¿se está incubando un nuevo movimiento silencioso?; ¿empieza a germinar una demanda ciudadana que, sin volver al pasado, exija un salto de calidad en materia de institucionalidad y convivencia política?; ¿asoma la expectativa de un manejo racional de la economía, pero también de sensibilidad social, de debate civilizado y de respeto por las diferencias? Todavía no lo sabemos, pero varios especialistas creen que algunos datos e indicadores podrían inducir una respuesta positiva, aunque hablan de un proceso lento, que podría llevar varios años, y que depende del surgimiento de nuevos liderazgos que hoy no se ven en el escenario político.

Los historiadores registran, en el último medio siglo, una evolución política en la Argentina basada en cambios cíclicos de la demanda social y en algunos aprendizajes de fondo: el más importante fue el “pacto democrático”, el que sepultó definitivamente los riesgos de golpes de Estado y los largos períodos de inestabilidad institucional. El segundo fue el de la alternancia, que permitió zafar de los intentos hegemónicos y ponerles límites a proyectos de perpetuación en el poder, como el que intentaron, en su momento, Carlos Menem y el matrimonio Kirchner. El tercero parece más novedoso, explica en parte el surgimiento de Milei y está todavía en etapa de consolidación: sería el aprendizaje de la racionalidad económica, basada en la idea del equilibrio fiscal, la estabilidad en los precios y la administración responsable de los recursos públicos. Muchos creen, sobre la base de encuestas y patrones electorales, que una mayoría de la sociedad argentina ya ha aprendido que no se puede gastar lo que no se tiene ni hipotecar el futuro despilfarrando el presente. En la dirigencia política, salvo expresiones marginales del kirchnerismo residual, parece haber cierto consenso en el valor del equilibrio fiscal y en el agotamiento del populismo económico.

Con la elección de Alfonsín, la sociedad argentina demandaba democracia y libertad tras la noche oscura y tenebrosa de la dictadura. En el 89 entendió que a la democracia había que sumarle crecimiento económico. Votó dos veces a Menem, que primero propuso “salariazo” y luego alumbró la convertibilidad. En el 99 ya demandaba algo más: transparencia y ética en la vida pública. Votó a De la Rúa con esa expectativa, pero el sistema bordeó el colapso con la crisis de 2001. Con Néstor Kirchner, en 2003, la sociedad apostó a un liderazgo nuevo que asegurara gobernabilidad. La Argentina quedó enredada en la telaraña engañosa del populismo hasta que optó, en 2015, por un cambio que, a través de una novedosa coalición política, proponía racionalidad económica y decencia republicana. No logró que la economía despegara, y la sociedad –tal vez con más resignación que esperanza– dio un paso atrás. La patética experiencia de Alberto Fernández condensó el agotamiento de ese largo ciclo populista e incubó un hartazgo profundo del que emergió el liderazgo inesperado y disruptivo de Milei. Fue un salto a lo desconocido.

Ya en la segunda mitad de su mandato, puede verse que la sociedad ha tenido, acaso por primera vez en muchos años, una alta dosis de paciencia para atravesar un duro ajuste de las cuentas públicas y un sacrificio económico doloroso. Pero las encuestas de los últimos 60 días muestran síntomas de impaciencia y registran algunos cambios en el ánimo y el humor social. Atlas Intel (en colaboración con Bloomberg) detectó en febrero un aumento, por segundo mes consecutivo, del índice de desaprobación de la gestión de Milei: la aprueba el 41,5% y la desaprueba el 55,3%, con una imagen negativa del Presidente que trepa al 57%. Un estudio de Casa3 refleja, con datos de febrero, un marcado deterioro en el nivel de expectativas sociales. Son desplazamientos leves, con un porcentaje de apoyo al oficialismo que se mantiene alto, pero con síntomas de fatiga, sobre todo en la clase media y en la franja generacional de los 30 a los 45 años.

¿Cómo se explican esos datos? La rueda económica todavía gira con lentitud, hay una “inflación silenciosa” más alta de la que mide el Indec (basta comparar, en cualquier casa de familia, el costo de las expensas de este mes con las de marzo del año pasado), el atraso de los salarios formales se acentuó en los últimos doce meses, el crédito para vivienda no termina de ser accesible, y los niveles de producción y consumo muestran caídas muy pronunciadas en algunos rubros claves. En el interior hay muchos “casos Fate” que no trascienden en la vidriera nacional, pero que tienen enorme impacto en comunidades pequeñas. En una localidad de apenas 3000 habitantes como Jeppener, en el partido de Brandsen, una fábrica de autopartes que se llama Clapp tuvo que despedir a la mitad de sus 70 empleados por el achicamiento estructural de la industria automotriz. Era proveedora de Peugeot, que acaba de suspender su actividad en El Palomar. Para ese pueblo del centro-este de la provincia de Buenos Aires es directamente una tragedia. En proporción, es como si en una ciudad como Rosario (que tiene poco más de un millón de habitantes) se despidiera de un plumazo a unos 15.000 empleados del sector productivo. ¿Cuántos casos como el de Clapp sufre el interior de la Argentina? Por supuesto que todo proceso de transformación económica implica costos, desafíos y transiciones. No hay que contárselo a Clapp, que lleva ese nombre por Clorindo Appo, un inmigrante italiano que la fundó hace casi 80 años: nació como una fábrica de máquinas de coser y se reinventó a lo largo del tiempo hasta convertirse en una planta sofisticada que fabrica partes muy específicas para motores diésel y nafteros. Pero ¿cuáles son las actividades que hoy ofrecen oportunidades de reconversión a los despedidos de Clapp? Los desarrollos en energía y minería, se sabe, no generan fuerte demanda de mano de obra. Pero, además, si un exoperario de Clapp decidiera mudarse con su familia a Neuquén, por ejemplo, se encontraría con que alrededor de Vaca Muerta hay un enorme déficit de escuelas y viviendas.

La economía y el empleo son, por supuesto, la columna vertebral del humor y la demanda social. Pero la atmósfera política se alimenta también de otros factores, como el tono de la convivencia, la cultura del poder y algo incluso más inasible como “la institucionalidad”. En ese plano más simbólico, el verano que está a punto de terminar ha mostrado, por parte del Gobierno, una actitud cada vez más temeraria y provocadora. El Presidente ha radicalizado el lenguaje y ha acentuado la lógica del “amigo-enemigo”, con la creación de nuevos blancos a los que hostiga con una violencia retórica que asimila cada vez más al mileísmo con el kirchnerismo en su práctica discursiva.

El partido de los agraviados y los ofendidos por el Presidente es una fuerza cada vez más amplia y más heterogénea. Hay, además, un tono de insensibilidad y arrogancia en los actores del poder que engendra, inexorablemente, bolsones de enojo y hasta, quizá, un silencioso resentimiento. El Gobierno confunde coraje con bravuconada y firmeza con prepotencia. La fortaleza política que le dio el triunfo en las elecciones de medio término no se ha traducido en un activo para la negociación y el diálogo, sino en una mayor agresividad y en una actitud más inclinada al atropello. El jefe del Estado ha estrenado ahora una nueva doctrina: “Si no agredís, te llevan puesto”. Una lección de civilidad.

La actitud con Paolo Rocca es un símbolo. No se busca debatir ni confrontar, en todo caso, intereses o visiones económicas. Se lo agrede, se lo insulta, se le falta el respeto. En términos de convivencia política, se rompen todos los manuales del ejercicio sano del poder, pero en términos de especulación electoral se apuesta a un juego riesgoso: ¿cómo procesa el ciudadano común, alejado de los núcleos duros de adhesión, ese tipo de atropellos?; ¿lo ve como un acto de coraje del Presidente o como una actitud desmesurada y abusiva que hoy apunta contra el industrial más poderoso del país como apuntaba, ayer, contra la madre de un chico autista que hace un reclamo público o contra una cantante que se para en una posición crítica?

Detrás de ese griterío, el relato del “purismo libertario” empieza a mostrar fisuras cada vez más evidentes. La designación del nuevo ministro de Justicia, de inocultables vínculos con la AFA de Chiqui Tapia y de ostentosa pertenencia al “establishment” judicial, no parece ser un mensaje de transparencia ni de higiene institucional. En una escala si se quiere más anecdótica, el desafortunado viaje a Nueva York de la esposa del jefe de Gabinete en el avión presidencial, y las confusas explicaciones que intentó dar el encumbrado funcionario, son gestos que conspiran contra los alardes de diferenciación que sobreactúa el oficialismo. Causas como la de $LIBRA y Andis tal vez hayan marcado una huella en la memoria del electorado.

En este paisaje, ¿empieza a incubarse una nueva demanda política y social? Si el kirchnerismo engendró a Milei, ¿a quién engendrará este oficialismo beligerante y agresivo que sin dudas puede exhibir algunos logros, pero que desafía las reglas de la convivencia? En un juego de palabras, ¿quién será el Milei de Milei? Algunos, tal vez con un exceso de optimismo, se entusiasman con una síntesis superadora: racionalidad económica con moderación política. Si se observa la curva de aprendizajes y evoluciones electorales, aun con sus marchas y contramarchas, tal vez no sea descabellado imaginar ese destino. El 2027 está demasiado cerca, y ningún liderazgo opositor encarna hoy esa alternativa. Pero ya se sabe: “nadie vio venir” a Milei. ¿Surgirá un nuevo liderazgo que interprete ese ánimo silencioso y subterráneo de un sector de la sociedad que ha oscilado entre distintas opciones, que no actúa con fanatismos y que sigue en la búsqueda de un país mejor? ¿El post-Milei está ahí y todavía no lo vemos? ¿Será antes o después de una reelección? Por ahora son preguntas que entretienen a los politólogos, pero quizá empiecen a anticipar el próximo ciclo de la Argentina.

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