En "Hamnet", la directora Chloé Zhao recrea la vida familiar de William Shakespeare desde una mirada íntima y sensible, centrada en la figura de Agnes. A travésEn "Hamnet", la directora Chloé Zhao recrea la vida familiar de William Shakespeare desde una mirada íntima y sensible, centrada en la figura de Agnes. A través

Un chica "de ahora"

2026/03/15 19:56
Lectura de 5 min
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Vi Hamnet en su avant premier en Argentina: desde ese día hasta el día en que saldrá esta columna, cuando se decidirá su suerte en los Oscar, siento que la película pasó por muchísimas conversaciones. El privilegio de verla antes de leer casi cualquier cosa fue clave: pude disfrutarla antes de escuchar que Chloé Zhao no sabe filmar o, peor todavía, que la película es “porno del duelo”, lo que sea que eso signifique.

Hamnet es una especie de caja china de derivaciones: fue primero una novela de la británica Maggie O’Farrell, pero que es a su vez una suerte de ficcionalización de la vida de William Shakespeare en la que él es un personaje completamente lateral y la protagonista es su esposa, particularmente el modo en que ella lidia con la muerte de su hijo Hamnet (que, en esta lectura, sería la inspiración para la obra maestra Hamlet). Esta novela, que es entonces una especie de adaptación de la historia de la literatura, es luego adaptada al cine por la cineasta china Chloé Zhao. Zhao debutó en el cine como documentalista, de modo que no es extraña al trabajo con la realidad; y sin embargo, en la película se sumerge en la fantasía con una libertad refrescante y casi inocente. 

Habiendo leído el libro, me pareció que la película no hacía tanto énfasis en lo que para mí era lo más notable de la novela original de O’Farrell: Agnes, la protagonista (una versión ficcional de la esposa de Shakespeare), es una mujer del siglo XXI atrapada en el siglo XVI. El duelo, y sobre todo el duelo de un hijo, son experiencias intraducibles de una época a la otra. O’Farrell intenta todo el tiempo, a lo largo de su texto, mostrarnos la cercanía que existía en la época isabelina con la muerte, y quizás sobre todo entre la muerte y los niños.

Los hijos de Agnes y Shakespeare viven sumergidos en la violencia de la naturaleza: sin tutores ni miedos, sin medicina moderna, en una forma de vida cuasi autónoma, sucia y salvaje que no se parece en casi nada a lo que hoy entendemos por infancia. La muerte de los hijos, entonces, era ciertamente triste, pero sería raro decir que era trágica: definitivamente no era considerada, como lo es hoy, como “lo peor que puede pasarle a una persona”. Era más bien, quizás, análoga a lo que hoy sería la muerte de un padre, o de una pareja; una de las durezas de la vida, pero de esas que le tocan más o menos a todo el mundo y que se espera que una pueda sobrevivir. Agnes, en cambio, lo trata como lo trataríamos nosotros: a ojos de todo su entorno, entonces, enloquece.

En la novela, este contraste entre lo que se espera de una madre (que siga adelante con su vida) y lo que Agnes de hecho hace es uno de los temas centrales. En la película, en cambio, esta diferencia entre Agnes y su entorno está mucho menos clara; de alguna manera, la película aprovecha el hecho de que su protagonista tenga la sensibilidad de una chica “de ahora” para sencillamente contarnos la historia como si sucediera “ahora”. Entonces Agnes no solo es una madre del siglo XXI; es también una esposa del siglo XXI. El modo en que Agnes se molesta con la insensibilidad de su esposo, con el hecho de que él sí siga adelante con su vida y su carrera luego de la muerte del pequeño Hamnet, es claramente extemporáneo.

Pocas cosas me producen tanta curiosidad como las emociones de hace siglos: cómo era ser mujer, hombre, padre, madre, amigo, amiga, hijo o hija antes de que las familias fueran eso que son hoy. Cómo era enamorarse; cómo era criar; cómo era separarse; cómo era duelar. Hamnet es una película preciosa y sensible; me resultó admirable, sobre todo, el modo en que Zhao narra la naturaleza, y la importancia de los tiempos y los colores de lo silvestre para el personaje de Agnes. Es virtuoso, también, el trabajo de Jessie Buckley construyendo una protagonista al mismo tiempo opaca y transparente. Pero si la película tiene algo imperdonable es su falta de curiosidad por la sensibilidad de la época que retrata: Zhao abraza esas contradicciones que están en el texto de O’Farrell, pero un poco para suavizarlas y pararse firmemente de un lado, el lado de nuestra manera de entender los sentimientos. Se pierde, entonces, de preguntarse por lo situado de nuestra manera de sentir, lo contextual y lo temporal del modo en que entendemos cosas supuestamente tan eternas como la vida y la muerte, el duelo y el amor.

Pienso que hay un solo vínculo en la película que escapa a este problema: la relación entre Agnes y su suegra, la madre de Shakespeare, encarnada por Emily Watson. Creo que tanto en lo que ponen las actrices como en el texto, o sobre todo en la falta de él, ahí se construye una camaradería femenina antigua en el mejor de los sentidos, una complicidad basada solamente en la suerte compartida, o más bien en la falta de ella, que estaba más a flor de la piel cuando la vida de todas las personas, pero quizás ante todo la de las mujeres, estaba más determinada por la naturaleza. Dos mujeres que en principio se tratan con frialdad y desconfianza se vuelven hermanas no, como lo haríamos en el siglo XXI, compartiendo experiencias a través de las palabras, sino compartiéndolas porque la gente vivía demasiado cerca, porque no existía la privacidad ni la higiene anónima de los hospitales tal como hoy la conocemos. En esos pocos momentos que ellas comparten está escondida, en mi humilde opinión, la película que podría haber sido.

TT/MF

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