En el marco de la comunicación política, es importante distinguir entre la implementación real de políticas públicas y el mundo de las percepciones. Al publicar Un mundo feliz, Huxley concibió una sociedad de castas donde el pensamiento crítico era anulado en favor de la estabilidad; sin embargo, la realidad democrática actual es otra: la esfera pública posee una capacidad de deliberación propia que a menudo se subestima. En consecuencia, existe una fuerte separación entre la narrativa de las élites políticas y el sentir genuino de la opinión pública.
El escenario latinoamericano de inicios de 2026 ejemplifica muy bien esta tensión. El año comenzó con un acontecimiento de trascendencia histórica y global: la detención de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos el pasado 3 de enero. Si bien las reacciones de los mandatarios en la región fueron inmediatas —fijando posturas desde México hasta el Cono Sur—, estas respondieron a compromisos diplomáticos y en muchas ocasiones ideológicos, que no necesariamente coinciden con el pulso ciudadano.
Para dimensionar esta brecha entre la clase política y la esfera pública, en Áltica implementamos un estudio de percepción inmediata. El mismo día de los hechos iniciamos el levantamiento de datos, combinando metodologías telefónicas y digitales propias de nuestro nuevo panel de medición en la región. El estudio recopiló opiniones en nueve países seleccionados por su viabilidad técnica y relevancia estratégica: Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, México, Panamá, Perú y Uruguay. Es cierto que en el listado faltan países, como Brasil o Bolivia, o integrar a Estados Unidos para una visión más integral, pero estos primeros datos ya nos dicen mucho.
Los hallazgos revelan una región donde la racionalidad ciudadana opera muchas veces con una lógica distinta a la de los palacios presidenciales. El caso de Colombia es paradigmático de esta disonancia.
Mientras el presidente Gustavo Petro ha condenado en algunas ocasiones la intromisión de Estados Unidos como un “secuestro” y alertaba sobre el despertar del “Jaguar” nacionalista, nuestro estudio revela que Colombia, junto con Chile y Costa Rica, lidera el respaldo regional a la detención. Para el ciudadano de a pie la prioridad no es la defensa doctrinaria de la soberanía abstracta, sino la resolución pragmática de una crisis de seguridad fronteriza y migratoria que los ha golpeado directamente.
El contraste se agudiza al analizar la credibilidad de las justificaciones norteamericanas. Mientras que en México la opinión pública se muestra dividida y escéptica —con un relevante 15% de indecisos que refleja nuestra propia historia de relaciones complejas con el vecino del norte—, en Chile y Costa Rica el 75% de los ciudadanos dan por ciertas las acusaciones de narcotráfico lanzadas por Donald Trump contra Maduro. Aquí, la narrativa del “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe ha permeado no por sumisión imperial, sino porque resuena con una demanda interna de “mano dura” ante el crimen organizado, un fenómeno que ha impulsado recientemente en las urnas a figuras como José Antonio Kast.
Sin embargo, la esfera pública no es un cheque en blanco para el intervencionismo, y este es el hallazgo más importante de nuestro panel. Ecuador presenta una paradoja importante: aunque su presidente, Daniel Noboa, celebra la caída de un régimen “narco-chavista”, la ciudadanía ecuatoriana muestra uno de los índices más altos de rechazo a la detención y lidera la percepción de vulnerabilidad. ¿La razón? El posible miedo racional. Los ecuatorianos, inmersos en sus propios conflictos internos, temen que el argumento de la intervención militar pueda ser utilizado en su contra en el futuro. Ecuador es el país de la región que más percibe este posible riesgo, el 78% de los ecuatorianos piensa que Estados Unidos podría intervenir en su país.
Finalmente, la deliberación ciudadana —al puro estilo de Habermas— muestra una homologación de criterio que supera la polarización de sus líderes. Ante la pregunta de quién debería asumir el poder en Venezuela, la respuesta mayoritaria en la región no es una autoridad impuesta por Estados Unidos, ni la continuidad del chavismo. La gente apuesta por la oposición venezolana. Existe un deseo de legalidad y transición institucional, no de ocupación.
Huxley imaginó un futuro donde la verdad quedaría ahogada en un mar de irrelevancia y placer inducido por el Soma [1]. Se equivocó al subestimar al ciudadano. América Latina, ante un evento de la magnitud de la caída de Maduro, no está dormida ni reacciona automáticamente a los dictados de sus “Alfas” políticos. La gente está pensando, equilibrando y decidiendo entre miedos y esperanzas, construyendo una opinión pública latinoamericana que, para sorpresa de las élites, piensa por sí misma.
(Para conocer el estudio completo: https://panellatam050126.tiiny.site/)
[1] En la novela Un mundo feliz (1932), el Soma es una droga legal distribuida por el Estado para curar la infelicidad, anular emociones intensas y mantener a la población dócil y distraída de la realidad.

