“El orden mundial se rompió y las grandes potencias no tienen freno. Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú”, dijo el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en lo que fue el discurso más destacado escuchado en la Cumbre de Davos. Un mensaje realista, profundo, medido y en el que sintieron representadas las mayorías de las delegaciones europeas presentes que esperaban escuchar a Donald Trump para comenzar a entender adónde quedarían parados de aquí en más ante un nuevo “orden mundial”. Las palabras del líder republicano, como se esperaba, estuvieron cargadas de narcisismo y prepotencia, al volver a mostrarse como un niño dueño de la pelota que le dice al resto “acá yo decido cómo, dónde y hasta cuándo se juega”.
El discurso de Milei, más apropiado que el del año pasado, se basó más en hablar contra el socialismo con interpretaciones históricas muy debatibles, como mínimo, y estuvo cargado de datos irreales sobre su gestión y sobre sus logros también dudosos en cuanto a los números que estuvieron notoriamente inflados: en pobreza (cuando asumió era del 41,7% no del 57% como dijo) del Riesgo País (asumió con 1930 puntos, no con 2500 como señaló) y en planes sociales (no bajaron, crecieron en cantidad y por encima de la inflación) y finalmente, mostró su alineación casi fanática con el mismo Trump. Algo esperable, por cierto.
En este nuevo orden mundial que preocupa al mundo libre, Milei decidió jugar con el “dueño de la pelota” olvidando que ser incondicional del poder de turno, sin reparo alguno, no siempre significa que sea lo más acertado porque restringe el derecho y la independencia de criterio. Estos últimos meses , a raíz del discurso “expansivo” del presidente estadounidense, en Europa se volvió a hablar de “colonialismo” y de “supresión de derechos”. El líder norteamericano exalta la libertad pero el destrato que profiere a las naciones soberanas, el discurso invasivo que se lleva puesto las voluntades de otras democracias, está muy alejado del concepto de lo que significa ser más libres. Por su parte, Milei suele utilizar hasta el hartazgo el término “libertad” para adjetivar todos sus proyectos de ley y hasta cuando denigra discursivamente a sus opositores, y sostiene además que trabaja para “devolvérsela a los argentinos”, algo notoriamente alejado a la realidad. Nadie puede dudar que desde 1983 la democracia se consolidó a través de derechos y garantías que nos hicieron más libres en cuanto a definiciones personales y frente al estado. La reforma de la Constitución en 1994, que permitió legislar sobre derechos con otro marco jurídico en las décadas posteriores, es la máxima expresión en ese sentido. Los libertarios limitan la definición de “libertad” a la economía y creen que con eso alcanza, tal como lo hace Donald Trump, la libertad en cuanto a los derechos sociales y humanos no está entre sus prioridades. Muchos parecen olvidarse que la libertad sin humanismo es solo una palabra vacía.
No se puede soslayar que Milei consiguió un apoyo social importante para achicar el gasto público y hacerlo más eficiente, incluso un sector de la oposición cree y acompaña esas reformas, pero nunca se termina de explicar por qué los recortes son en los sectores más sensibles y no en otras áreas, como la SIDE, donde se quintuplicó el presupuesto y donde todo está teñido de opacidad. Y, justamente allí es donde el gobierno decidió, por decreto, modificar las funciones de la inteligencia dentro del país, introduciendo cambios significativos como la ampliación de facultades de aprehensión para agentes de inteligencia y la intervención de comunicaciones sin orden judicial ante el supuesto “riesgo inminente”, lo que ha generado debate y rechazo de especialistas sobre la figura del “enemigo interno” y las garantías constitucionales. Este último punto atenta, en todo sentido, contra la libertad individual, que hace que una conquista de la democracia que formaba parte del “consenso democrático”, pacto implícito entre las fuerzas políticas del país, se pueda romper. Para tomar la exacta medida de la gravedad de esta decisión vale recordar que la última vez que los servicios de inteligencia argentinos actuaron en la represión interna en democracia, con facultades para detener personas, fue en 1975, cuando el general René Otto Paladino, uno de los fundadores de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) quedó al frente del Servicio de Información del Estado (SIDE), y decidió crear una base para que la banda de Aníbal Gordon operara sin llamar la atención. El predio funcionó en el barrio de Floresta, era la base operativa de los grupos de tareas de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) y la Superintendencia de Policía Federal y es tristemente recordado como el Centro Automotores Orletti, que luego siguió cumpliendo esas criminales tareas durante la dictadura militar. Es imposible que se reitere ese escenario oscuro de nuestra historia, pero esa misma imposibilidad es la que hace innecesario cambiar las normas en Inteligencia, mucho más porque hoy no existe ningún potencial “enemigo armado” que no pueda ser controlado por las fuerzas de seguridad. En cambio, opositores, empresarios, periodistas, sindicalistas, dirigentes estudiantiles tienen todo el derecho a preocuparse y a sentirse bajo observación oficial por pensar y exponer sus ideas, acciones o proyectos.
¿Milei imita a Trump? Sí, y sobre todo en ciertos aspectos. La reforma de la SIDE podría compararse con las facultades especiales otorgadas, fuera del ámbito judicial, al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) que justamente el politólogo Andrés Malamud utilizó para una comparación en su cuenta de X: “En Argentina se llamaban Triple A. En Venezuela, colectivos. En Estados Unidos, ICE”, dijo. Se trata de una fuerza de seguridad que en ciertos casos puede actuar sin orden judicial y aprehender a personas solo si su inglés es defectuoso o se genera la sospecha de que se trata de un inmigrante ilegal, arrestarlas con el uso de la fuerza e incluso usar armas. En ese clima se produjo la muerte de Renee Nicole Macklin Good, una ciudadana norteamericana de 37 años, que murió tras recibir varios disparos por parte de un agente del ICE en Minneapolis mientras se realizaba un operativo en esa ciudad. Trump defendió al agente y culpó a la víctima, que solo intentó salir de la escena asustada por estar rodeada de personas armadas. Hoy en día, en Estados Unidos, quienes no son angloparlantes tienen miedo y hasta tratan de evitar hablar en público porque observan que aquellos sectores que más apoyan a Trump delatan a vecinos por tener sospechas de su origen. La administración republicana tiene todo el derecho, como cualquier país del mundo, de establecer la política inmigratoria que crea más conveniente, pero hacerlo violando derechos humanos y civiles no es algo a lo que los estadounidenses estén acostumbrados y de hecho lo rechazan, según las encuestas publicadas al cumplirse un año de gestión. Según CBS News, el 61% de los encuestados considera que “las detenciones por parte de los agentes del ICE son excesivas”, y el 56% remarca que la administración Trump “enfoca la deportación en inmigrantes que no cuentan con antecedentes penales”. Hay más, en noviembre pasado, los congresistas demócratas Elissa Slotkin, Mark Kelly, Chris Deluzio, Chrissy Houlahan, Jason Crow y Maggie Goodlander, todos ellos exoficiales de la CIA, de los servicios de inteligencia o de alguna de las fuerzas militares de los EE.UU., subieron un video a redes sociales para hablarle directamente a los miembros de las fuerzas militares y de inteligencia sobre el juramento que tomaron sobre proteger y defender la Constitución de su país. En el video aclaran que hoy las amenazas no vienen sólo del extranjero, sino también desde dentro de los EE.UU. Dicen que las leyes son claras: que un miembro de la fuerza puede y debe desobedecer una orden ilegal, que nadie debe llevar a cabo órdenes que violan la ley o la Constitución, y aclaran sobre el final de dicho video que siendo ellos funcionarios públicos y miembros del Congreso, están para apoyarlos. Cierran el video con la frase “Don´t give up the ship” –“No abandonen la nave”-. Todo da muestra de que existe un problema institucional muy serio en el sistema político estadounidense.
Luego de la aparición de este video, Trump respondió en sus redes sociales reposteando mensajes en contra de sus realizadores, con pedido de castigos, incluyendo que los “cuelguen en una plaza”. Amenazas exageradas, fuera de lugar para quien reviste tan importante cargo institucional, y similares a las que profiere Milei cuando pide odiar a los periodistas o que “va a sacar a patadas del país a los kukas” o que “vamos a ir a buscar a los zurdos”. Trump también insulta opositores y periodistas. De hecho, la senadora demócrata Elissa Slotkin denunció que partidarios de Trump le dejan amenazas en el teléfono de su despacho y en redes sociales. Algo que aquí también conocemos.
Trump excede cualquier tipo de análisis político. Como dijo esta semana en Radio República Jaime Durán Barba, destacado consultor político: “Tanto Trump como Milei son una nueva clase de dirigentes que creen más en las redes sociales que en la Constitución”. Esta semana, el mandatario republicano envió una carta a Noruega en la que afirmó que ya no se siente obligado a priorizar la paz mundial luego de no recibir el Premio Nobel de la Paz, mientras posteaba una foto de él mismo colocando una bandera de Estados Unidos en territorio de Groenlandia. Esto se suma a sus advertencias hacia los presidentes de dos democracias legítimas como Colombia y México e incluso la amenaza de anexar también a Canadá como estado N°51 de la Unión. Todo esto se torna muy preocupante porque las amenazas provienen del hombre más poderoso del mundo. Milei casi con seguridad apoyaría todas y cada una de esas decisiones autoritarias de Trump.
Con estas decisiones y estos modos, Trump no auspicia más libertad, al contrario, con ciertas medidas parece más orientado a restringirla. Y esto nos trae dos malos recuerdos: el primero es que la invalidación del otro, de naciones o individuos, supo ser el primer paso, y la carta de presentación, de todos los gobiernos autoritarios. La segunda nos exige ser cuidadosos, porque siempre estos modelos comenzaron a gestarse en pleno ejercicio de las democracias.

