En Davos, Donald Trump ofreció orden y estabilidad a un mundo exhausto, usando comercio y seguridad como instrumentos de control, en una lógica que reconfigura En Davos, Donald Trump ofreció orden y estabilidad a un mundo exhausto, usando comercio y seguridad como instrumentos de control, en una lógica que reconfigura

Trump, Troya y el nuevo orden global

Los imperios no caen cuando son derrotados. Caen cuando aceptan, agradecidos, aquello que creen que los salvará.

Troya no fue tomada por la fuerza de los griegos, sino por el cansancio de los troyanos. Diez años de asedio bastaron para que la ciudad abriera sus puertas no al enemigo, sino a una promesa. El caballo no entró como amenaza, sino como alivio. Como un gesto final para poner fin a una guerra que parecía interminable.

Eso fue Davos esta semana. Donald Trump no llegó al Foro Económico Mundial a declarar la muerte del orden global. Llegó a ofrecer una solución. Crecimiento acelerado, energía barata, fronteras controladas, estabilidad inmediata. Un discurso diseñado para un mundo exhausto por la inflación, la guerra prolongada en Europa, la ansiedad tecnológica y la sensación colectiva de que las reglas ya no alcanzan para contener el desorden.

El problema es real. Y cuando el problema es real, el consenso social se vuelve posible.

Europa atraviesa una crisis energética que no ha terminado de resolverse. La OTAN enfrenta tensiones financieras y políticas. Las economías avanzadas se desaceleran mientras las sociedades exigen resultados inmediatos. El multilateralismo, construido para procesar acuerdos lentos, parece insuficiente frente a la urgencia del presente.

Ahí es donde aparece el caballo.

Trump no propone destruir el sistema internacional; propone hacerlo “funcionar”. No habla de expansión territorial, sino de “intereses estratégicos”, incluso cuando menciona Groenlandia como un activo negociable. No rompe con la OTAN; la transforma en un contrato de rendimiento. No abandona el comercio global; lo reconfigura mediante aranceles punitivos capaces de modificar conductas.

El mensaje es quirúrgico: el sistema no está mal, solo está mal administrado. Y él puede administrarlo mejor. Pero el verdadero contenido del discurso no estuvo en lo que dijo, sino en cómo lo ordenó.

Los aranceles dejaron de ser política comercial para convertirse en instrumentos de mando. Ya no buscan corregir déficits, sino inducir obediencia. Cooperas o pagas.

Te alineas o enfrentas el costo.

El mercado deja de ser espacio de intercambio y se transforma en campo de presión política.

La seguridad, por su parte, deja de ser un principio colectivo para convertirse en un servicio condicionado.

La protección ya no es un compromiso compartido, sino una prestación sujeta a cumplimiento.

El territorio, incluso el soberano, se redefine como activo estratégico.

No es diplomacia.

Es sistema operativo.

Y es aquí donde México entra con claridad.

Para un país profundamente integrado a la economía estadounidense, esta lógica no es teórica. Es estructural. Cuando los aranceles se convierten en arma política, México deja de ser solo socio comercial para transformarse en zona de amortiguamiento del poder global. Cada decisión —migratoria, energética, industrial o de seguridad— puede traducirse en presión económica inmediata.

No se trata de afinidad ideológica, sino de arquitectura de dependencia. México no enfrenta a Trump como figura, sino a un modelo donde la cooperación se sustituye por condicionalidad. Donde el libre comercio ya no garantiza estabilidad. Donde la frontera no es solo geográfica, sino financiera.

Ese es el caballo de Troya contemporáneo. No entra con soldados ocultos, sino con cifras. No avanza con ejércitos, sino con tarifas. No destruye instituciones: las vacía desde dentro y las vuelve transaccionales. Utiliza los instrumentos del liberalismo —mercado, inversión, seguridad compartida— para erosionar el principio que los sostenía: la confianza.

Por eso resulta tan eficaz. No se impone contra el sistema global, sino desde él. No lo confronta; lo habita. Y al hacerlo, transforma reglas en palancas y alianzas en mecanismos de control.

Cuando Trump afirma que Estados Unidos “ha dado todo y recibido nada”, no describe la realidad: construye el permiso social para reescribirla. El agravio funciona como licencia moral. Si el sistema fue injusto conmigo, entonces puedo modificarlo sin culpa.

Davos, concebido como espacio de coordinación global, se convirtió por unas horas en una sala de mando. No para tejer consensos, sino para fijar costos. La estabilidad dejó de presentarse como bien común y pasó a ofrecerse como servicio.

El aplauso fue contenido, pero el mensaje quedó claro.

Antes del fin

Troya no cayó el día que el caballo cruzó la puerta. Cayó cuando decidió creer que aquello que parecía solución no podía ser amenaza.

Hoy el mundo enfrenta la misma tentación: aceptar respuestas simples a problemas estructurales; confundir orden con obediencia; llamar pragmatismo a la renuncia.

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