Sus últimas fotos la mostraban frágil, con gesto serio e inmóvil en una silla de ruedas. Todo lo contrario de lo que Irene de Grecia era hasta hace apenas unos años, porque la princesa fue conocida y amada por su rebeldía, su espíritu inquieto, su alegría contagiosa, su vocación por ayudar y su afán por vivir sin moldes preestablecidos. El apodo con el que la llamaban sus sobrinos dice mucho sobre su carácter: “Me toman el pelo bastante, me llaman ‘Peculiar’ y, para abreviarlo, me dicen ‘Pecu’. Soy la excéntrica de la familia y se ríen mucho”, contó Irene, divertida, en sus memorias.
La mujer que murió en Madrid el 15 de enero pasado, a los 83 años, y con su partida sumió en el luto y la tristeza tanto a la Casa Real griega como a la española, fue una mujer bohemia que rechazaba el lujo, creía en los ovnis, abrazó el budismo luego de vivir una década en Madrás, India, y amaba tanto la música que se atrevió a debutar como pianista nada menos que en el prestigioso Royal Albert Hall de Londres, en 1969.

Su origen, como su carácter, también fue atípico: una princesa griega que en realidad nació en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, el 11 de mayo de 1942, en medio del exilio de cinco años de sus padres, quienes más tarde serían los reyes Pablo I y Federica de Grecia. Irene, además, fue el fruto de un frondoso árbol genealógico de sangre azul, porque –por sucesivos matrimonios entre príncipes y princesas de diferentes países europeos– estaba emparentada con dinastías de España, Bélgica, Bulgaria, Reino Unido, Rumanía, Yugoslavia, Rusia, Luxemburgo, Suecia, Alemania, Dinamarca, Noruega y Países Bajos. Entre sus antepasados hay dos emperadores alemanes, siete zares rusos y muchos reyes, como sus propios hermanos: Sofía se convirtió en la reina de España por su boda con Juan Carlos de Borbón; y Constantino, quien a los 23 años sucedió a su padre, fue el último monarca en el trono de Grecia.

CRECER DE GOLPE
Irene adoraba a Sofía. Desde chica, la seguía y la imitaba a tal punto que su hermana mayor le decía “copycat” (‘copiona’). También tenía un gran cariño por su institutriz escocesa, Sheila MacNair, que vivió con la familia real en Sudáfrica y en Grecia. Ellas eran sus aliadas mientras los adultos estaban muy ocupados hablando de política. Curiosamente, las respectivas bodas de ellas dos le provocaron una gran tristeza. La princesita tenía 8 años cuando Sheila –a quien llamaba “Nursie”– se despidió para irse con su flamante marido, y ya era una joven de 20 cuando en mayo de 1962 Sofía dio el “sí, quiero” en Atenas y se mudó a Madrid con el entonces príncipe Juan Carlos. Sin embargo, esa separación de su hermana le rompió el corazón, porque además coincidió con la muerte de su padre y el comienzo de una nueva vida a la que se vio obligada cuando su hermano ascendió al trono: Irene tuvo que afrontar deberes de princesa heredera, además de acompañar y consolar a su madre viuda. La chica despreocupada que estudiaba Arqueología y tocaba el piano sin parar, por horas, creció de golpe. “Apenas tenía tiempo para la música o la arqueología porque el trabajo era lo más importante: había que ver a gente del gobierno, firmar documentos, asistir a reuniones, continuar los proyectos de mi padre, todos ellos temas importantes. Estaba muy activa, no tuve momentos de especial tristeza entonces; quizá sí antes, con 20 años, cuando se casó mi hermana o después, porque me sentía bastante sola. Tuve momentos difíciles porque no podía salir con jóvenes ni tener amigos porque no debía hacer distinciones si salía con unas personas y no con otras”, recordó décadas más tarde.

ENTRE MADRÁS Y MADRID
En 1967, el llamado Golpe de los Coroneles derrocó a su hermano Constantino, motivo por el cual la familia real griega inició un nuevo exilio y se alejó del trono para siempre. Irene y su madre, Federica, huyeron a Italia apenas con lo puesto y, un año más tarde, se mudaron a la India, atraídas por la vida espiritual en ese país. En Madrás, una ciudad del sur, la princesa se adentró en la filosofía hinduista, meditó, realizó tareas solidarias y aprendió a despreciar el lujo. Aun después de haber regresado a Occidente, diez años más tarde, y de haber aceptado la invitación de su cuñado, el rey Juan Carlos, de mudarse al palacio de la Zarzuela, ella elegía vivir austeramente. Casi no usaba joyas y se acostumbró a comprar su ropa en ferias. Era feliz entre los suyos y no necesitaba más que ese amor. Se rodeó de sus sobrinos –los tres hijos de Sofía y los cinco de Constantino– y, luego, de sus sobrinos nietos. Vio cómo las familias de sus hermanos se multiplicaban, pero no formó una propia. Tampoco se casó ni se le conoció un novio. Se dice que el rey Juan Carlos le espantaba los pretendientes porque consideraba que los supuestos candidatos no estaban a la altura de su cuñada, pero no hay indicios de que haya sido así realmente.
Cuando Sofía y el Rey se separaron, Irene estuvo ahí para ella. Y cuando hace dos años, después de la muerte de Constantino, la princesa fue diagnosticada con un deterioro cognitivo, quien estuvo a su lado fue la reina emérita. Inseparables como cuando eran chicas, hasta el 15 de enero, el día en que Irene se despidió de su hermana mayor para siempre.




