Tal vez les suene reiterativo. Pero las emociones fuertes es mejor sacarlas para afuera. Sí, puede sonar muy “psi”, pero el costo de no hacerlo puede ser muy alto, y generalmente se paga con el propio cuerpo. Vaya si lo sabré.
Me sucedió hace un par de días. Caminábamos de regreso a casa después de un desayuno frente a la plaza del barrio. Detrás nuestro, un padre y su hijo adolescente venían en la misma dirección, más lento. El chico mostraba cierta dificultad para caminar, piernas muy, muy delgadas y despatarradas, igual que sus brazos, pero lo que más me hizo pensar en algo distinto era la mirada.
Sus ojos parecían un poco perdidos, enfocados más en la vereda que en ninguna otra cosa, tampoco hacia su padre. Hoy se habla tanto del tema, aparecen tantos casos a diario que casi no lo dudé. Los dejamos pasar para que anduvieran a su aire, y le comenté a mi mujer: “¿Lo viste bien? Creo que tiene algún tipo de autismo”. Ella tiene una larga experiencia como psicopedagoga y tampoco dudó: “¡Tenés razón! Me di cuenta cuando se nos adelantaron”.
La confirmación llegó con el diálogo, verbal y de gestos, entre ellos. “¿Viste que pudiste? ¿Viste que cuando hablas la gente te contesta y te entiende, y conseguís lo que buscás?“, le dijo el padre, palabras más o menos. La palmada en el hombro se convirtió enseguida en abrazo, y el chico asentía con la cabeza mientras apuraban el paso con entusiasmo.
Se me inundaron los ojos (a ella también), conmovido por el amor incondicional de ese padre. Siguieron hablando (el chico, a su manera) unos metros más, al menos hasta que doblaron en la esquina y se nos perdieron de vista.
Esta escena casual me hizo recordar algo que me había contado un par de semanas atrás un amigo que vive en Vancouver, Canadá, y que en los últimos tiempos encontró en el trabajo con caballos un método eficiente y saludable para asistir a niños y adultos con problemas emocionales e incluso para mejorar sistemas de gestión en grupos y empresas.
El corazón de los caballos, me explicó, es mucho más grande que el de los humanos (más de diez veces su peso), y eyecta alrededor de 1 litro de sangre por latido. Su capacidad, en el máximo esfuerzo, llega hasta 284 litros por minuto, un volumen gigantesco comparado con el hombre. Esto genera una especie de campo magnético que puede influir en el comportamiento humano, según distintas investigaciones.
Un estudio de la Universidad de Viena (2025) confirmó que durante la equinoterapia “pueden sincronizarse los ritmos cardíacos de caballo, paciente y terapeuta, lo cual influye en estados emocionales y de estrés”. El latido del animal oscila entre 28 y 40 pulsaciones por minuto, frente a las 60/100 de las personas. Así, el ritmo más lento y estable del caballo puede inducir coherencia cardíaca en humanos, reduciendo el estrés y favoreciendo la regulación emocional. “Tu cuerpo –me dijo mi amigo, en un tono afable, tal vez por su trabajo– tiende a seguir el compás del suyo, sobre todo cuando estás cerca, acariciándolo o interactuando con él”.
Quedé sorprendido. Mi experiencia con los caballos se reduce a una monta cuando tenía 18 años en unas vacaciones. Nunca quise intentarlo otra vez.
Ahora bien, hay varias lecciones que estos animales nos pueden dar. Como individuos y como sociedad. “A diferencia de las personas, los animales no juzgan”, expresa Colleen Dell, catedrática de investigación en One Health and Wellness de una universidad canadiense. Hay personas diferentes en este mundo, necesitan sentirse incluidas. Como el padre con su hijo en el comienzo, se trata de perder el miedo, asumir que a veces hay que explorar vías de comunicación y acciones que no son corrientes. Sin importar cuántas veces aparezca la frustración. Vale la pena.

