La atmósfera de la Tierra se calienta a una velocidad nunca antes registrada. Pese a que la escalada de la temperatura global se registra desde hace 150 años, las alarmas se encendieron poco después de la mitad del siglo pasado, cuando ocurrió una gran aceleración. Pero este aumento fue pequeño comparado con el que tuvo lugar en los últimos 10 años. Si hace poco más de 40 años, el ritmo al que la temperatura escalaba era de 0,20° C por cada década, a partir de 2015 el intervalo pasó a ser de 0,35°C.
Hay un consenso general en la comunidad científica internacional que atribuye el origen central de este calentamiento a la acción humana. Esta premisa ha desencadenado en los últimos años una diversidad de reacciones tanto en el ámbito político como entre algunos científicos, que han dedicado discursos y papers a cuestionarla. Entre los argumentos más elaborados se planteó que las emisiones volcánicas, el fenómeno de El Niño y los cambios en la radiación solar serían los motores de este calentamiento.
Sin embargo, un estudio publicado en febrero pasado en la reconocida revista digital Advanced Earth and Space Science lanza otra hipótesis. El artículo, elaborado por los científicos Stefan Rahmstorf y Grant Foster, determinó que la actividad humana y la industrial son preponderantes para que esto suceda.
Los investigadores concluyen en su estudio que el cambio en el ritmo se debe principalmente al incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero. En otras palabras, el consumo de los autos, las fábricas y las plantas que utilizan carbón, petróleo y gas como fuente de energía. Revelan, además, un dato poco conocido hasta ahora en la sociedad: la aceleración del calentamiento también está vinculada con la disminución de aerosoles en la atmósfera.
A diferencia de muchos estudios que analizan el cambio climático, la investigación recién publicada no se basa en modelos matemáticos sobre escenarios futuros, sino en la comparación de datos históricos.
De acuerdo a los registros de distintos medidores atmosféricos del mundo, los años más calurosos de la historia reciente han sido 2023 y 2024. Además, en los últimos 10 años la velocidad del calentamiento casi se duplicó.
Según los autores de este estudio, entre 2013 y 2014 ocurrió algo a escala global que impulsó esta aceleración. Creen que se debe a la disminución de aerosoles a partir de esos años. Pero, ¿qué son los aerosoles y cómo afectan a la atmósfera?
En la atmósfera no hay solo gases como oxígeno, nitrógeno o dióxido de carbono. En el aire también hay polvo en suspensión, vapor de agua —que cuando se aglomera forma nubes— y partículas muy pequeñas que reflejan los rayos del Sol, llamadas aerosoles. Son una especie de espejos microscópicos suspendidos que, en conjunto, evitan que parte de la radiación solar llegue a las capas bajas de la atmósfera y las caliente.
El origen de estas partículas es variado: pueden provenir de erupciones volcánicas, tormentas de arena o del spray marino. Pero también las genera la combustión industrial, como las plantas de carbón, el transporte marítimo o la industria pesada.
De acuerdo con el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), estos contaminantes incluyen tanto gases que promueven el calentamiento global como aerosoles. Estos últimos, según los expertos, “enmascaran” parte del calentamiento al reflejar la radiación solar. Sin ellos, el aumento de temperatura sería aún mayor. Es como si a una persona le administraran una dosis gigante de veneno combinada con una muy pequeña de su antídoto.
Aunque no tienen certeza absoluta, la hipótesis central de los autores de la investigación publicada en Advanced Earth and Space Science es que desde comienzos del siglo se han reducido las emisiones que contienen grandes cantidades de aerosoles. En otras palabras, la cantidad de “antídoto” se hizo más pequeña, y no necesariamente sucedió lo mismo con la de “veneno”.
Pero ¿cómo sería posible? El artículo atribuye su caída a las políticas climáticas de los últimos 26 años. Si vemos la tabla general, las emisiones de gases de efecto invernadero han crecido. Sin embargo, desde hace algunos años se sabe que hay combustibles que emiten más aerosoles que otros.
Lo primero que hay que saber es que gran parte de estos aerosoles están formados por moléculas compuestas de azufre y oxígeno. Por eso mismo, una porción importante proviene de los volcanes. Según una investigación liderada por científicos del Jianghuai Advanced Technology Center, en China, las mayores emisiones asociadas a la combustión fósil provienen de las máquinas e instalaciones que funcionan a base de carbón mineral. En la Argentina, por ejemplo, la industria siderúrgica es una de las principales consumidoras de este tipo de carbón.
Este combustible ha reducido su participación en la producción de energía porque, además de emitir grandes cantidades de dióxido de carbono, su combustión genera contaminantes nocivos para la salud, como partículas suspendidas tóxicas e incluso metales pesados. Durante más de un siglo fue reemplazado progresivamente por el petróleo y la industria basada en el motor de combustión interna. Este último también libera aerosoles, aunque en menor proporción. Por detrás aparece el gas natural, que de los tres es el que menos aerosoles produce y cuyo consumo ha aumentado de manera significativa en las últimas décadas.
Aunque los expertos de Advanced Earth and Space Science no llegan a conclusiones definitivas, señalan que la reducción de aerosoles podría ser la razón por la cual, entre 2013 y 2014, la velocidad del aumento de la temperatura global se aceleró de forma abrupta.
Para los científicos del IPCC, una aceleración del calentamiento global aumenta la probabilidad de fenómenos climáticos extremos. En la Argentina, eso podría traducirse en cambios distintos según la región. En el Litoral y buena parte de la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, los modelos climáticos proyectan un aumento de la humedad y de la frecuencia e intensidad de tormentas.
Los desastres que recientemente afectaron a Buenos Aires, Mendoza, Salta y La Pampa podrían estar influenciados por el cambio climático. Aunque todavía no existe una atribución científica directa para cada evento, sí hay tendencias que apuntan en esa dirección.
“Necesitás condiciones para el ascenso del aire, en especial que haya más aire cálido y húmedo y condiciones que permitan que ese aire suba. Ese es el combustible para una tormenta severa”, explicó hace unas semanas a LA NACION Carolina Vera, coordinadora de proyectos del Centro Regional del Clima para América del Sur y exvicepresidenta del Grupo I del IPCC.
Cuanto más cálida está la atmósfera, más aire húmedo puede elevarse y más energía acumulan las tormentas. Eso favorece la formación de nubes gigantes —las llamadas cumulonimbus— capaces de descargar lluvias muy intensas en poco tiempo. Incluso en regiones donde la precipitación anual disminuye, cuando llueve suele hacerlo con más violencia. En zonas húmedas como el Litoral o la Pampa Húmeda, esto aumenta el riesgo de inundaciones.
En otras regiones ocurre lo contrario: el calor puede ser tan intenso que parte de la lluvia se evapora antes de tocar el suelo. El resultado son tormentas con muchos rayos y poca agua, un fenómeno que en la Patagonia puede convertirse en una fuente de incendios forestales. Además, en aquella región se pronostican sequías prolongadas conforme la temperatura global siga aumentando.


