A mediados de los años ochenta, los chicos del mundo estaban obsesionados con He-Man y los Amos del universo. Las aventuras del campeón de Eternia eran la propuesta televisiva favorita de los niños que habían convertido a esa franquicia en una mina de oro. Con la intención de exprimir aún más el negocio, la idea de una película de acción real para los cines no tardó en aparecer. Y si bien el film dejó un gusto amargo en el público, el carisma clase B de ese proyecto, se ganó un lugar en el paladar del público de la época.
La productora Canon Group florecía al ritmo de la aparición de nuevos espectadores que pedían ver en salas películas eróticas, de karate o de acción. Allí donde las grandes firmas cinematográficas no se animaban a ir, pequeñas empresas como Canon se zambullían de cabeza, a la búsqueda de los géneros marginales que producían suculentos dividendos. Con esa política como bandera, la productora creció a paso agigantado y no tardó en lanzar sus propios proyectos. Y atentos a las nuevas tendencias y ficciones de moda, un productor llamado Ed Pressman llegó un día a la cúpula de Canon, con la oferta de llevar adelante un largometraje basado en el personaje de He-Man. Y la idea prendió de inmediato.
Cuando la empresa juguetera Mattel lanzó la línea inicial de figuras de Amos del universo, Pressman compró los derechos para un largometraje basado en las minihistorietas que acompañaban a los muñecos. La serie de dibujos animados todavía no había sido emitida, y por ese motivo es que la película terminó pareciéndose poco a esa ficción televisiva que tantos fans tenía alrededor del mundo. En el guion original del film, la acción transcurría en Eternia, y el poderoso He-Man debía medir sus fuerzas contra el temido Skeletor. Pressman había llevado la idea a importantes productoras, pero sin demasiada suerte. O simplemente le rechazaban la propuesta, o le ofrecían un presupuesto de unos pocos millones de dólares, que no alcanzaban ni para fabricar la espada del protagonista. Sin embargo, en Canon fueron más receptivos y pronto sellaron un acuerdo para realizar el largometraje por 16 millones de dólares (que rápidamente ascendieron a 22 millones). Corría el año 1984, el dibujo animado ya era un éxito instalado, y el panorama comenzaba a cambiar.
Las diferencias del guion del film con respecto al exitoso programa de animación, obligaron al productor a intentar acercar el guion de su película a la serie infantil. Claro que con un presupuesto tan modesto, resultaba imposible reproducir en pantalla a un Orko que flotaba constantemente, y ni hablar de la inmensidad de los paisajes de Eternia. Por ese motivo se resolvió que la trama debía transcurrir en Nueva York, con He-Man y su rival de visita en esa ciudad. Para colmo, en Canon las finanzas iban de mal en peor. Si bien ellos habían confirmado la realización de una película de Spider-Man, el ahogo financiero los obligó a cancelar el proyecto, e intentar recaudar algo de dinero con el estreno de la mencionada He-Man y de Superman IV, dos títulos que como es sabido, estuvieron lejos de ser un éxito. Pero aún no llegamos a esa instancia.
El director Gary Goddard no lo dudaba, el único actor capaz de interpretar a He-Man era el sueco Dolph Lundgren. Luego de su rol como Iván Drago en Rocky IV, Lundgren experimentaba una ascendente popularidad. Eso sí, sus dotes actorales eran casi nulos, pero su parecido físico con el campeón de Eternia, lo convertía en una opción ideal. Pero el rodaje no fue fácil. Para empezar, Lundgren hablaba un inglés muy limitado, y su pronunciación delataba su poco dominio del idioma. Por ese motivo es que el realizador decidió limitar considerablemente todas sus líneas de diálogo (algo similar a lo que hicieron con Arnold Schwarzenegger en Conan), e incluso se barajó la posibilidad de doblar su voz en posproducción, algo que debido a una cláusula contractual, finalmente no pudieron hacer.
El rodaje de Amos del universo se produjo a lo largo de cinco meses (originalmente debían ser más, pero los recortes financieros obligaron a apurar los tiempos). Lundgren trabajó a contra reloj, y hasta debió hacer prácticamente todas las escenas de riesgo, ya que el poco dinero invertido imposibilitaba la presencia de un doble de riesgo. Varios años después, Dolph Lungren confesó en una entrevista que filmar Amos del universo “fue una verdadera pesadilla”, y que componer a He-Man “fue el punto más bajo de su carrera”.
En la vereda opuesta se encontraba Frank Langella, un prestigioso actor que se unió al film para componer a Skeletor. La némesis de He-Man era un terrorífico hechicero, al que Langella interpretó con una convicción inesperada. Él era un actor de carácter, que llegada del teatro, y que confesó que quiso componer a ese villano porque su hijo pequeño era un gran fanático de He-Man. Y aunque la producción dudaba de contratarlo (querían a alguien de mayor musculatura), pronto se hizo evidente que Langella fue una opción inmejorable, al punto que el actor llegó a modificar algunos diálogos para acercar a Skeletor a un estilo casi Shakesperiano (de hecho, utilizó la frase en inglés “I’m not in the giving mood this day” en homenaje a Ricardo III).
Una desconocida actriz llamada Courteney Cox, que solo había actuado en el clip “Dancig in the Dark”, se sumó al film junto a James Tolkan, Christina Pickles y Meg Foster, quien compuso con grandeza a la villana Evil-Lyn. Entre las ideas desechadas, quedaron la construcción de la Montaña serpiente de Skeletor, y la aparición sorpresa de She-Ra, en la batalla final.
Cuando Amos del universo se estrenó en Estados Unidos, en agosto de 1987, Canon ya tenía todo listo para una continuación. Lundgren había dicho una y mil veces que no pensaba formar parte de una secuela, pero ese detalle era insignificante para la productora, que ya había apalabrado para ese rol a un surfista llamado Laird Hamilton. Cada vez más lejos de la historia del dibujo animado, el borrador del nuevo argumento presentaba a He-Man como un jugador de futbol americano, que volvía a la Tierra para defenderla de una nueva amenaza. El presupuesto estimado para ese film rondaba los cuatro millones de dólares, o sea, menos de una quinta parte de la inversión destinada a la primera película. Pero Amos del universo fue un fracaso en taquilla, y junto a otros traspiés financieros similares, Canon se declaró en bancarrota poco tiempo después.
Con el paso de los años, sin embargo, Amos del universo se convirtió en una pieza de culto, en el objeto de cariño de muchos adultos que la vieron durante su infancia en cines de barrio o en VHS. Aunque el largometraje dista de tener una calidad medianamente digna, la aparatosa interpretación de Lundgren conquistó el corazón de un sector de la cinefilia. Por otra parte, los artículos de colección basadas en esa película que hoy cotizan a un valor groseramente elevado en sitios de subasta, son una señal inequívoca del profundo amor que aún despierta esta producción, que se subió a una de las modas más emblemáticas de los años ochenta.