Desde muy pequeña, Lara Bernasconi mostró un espíritu independiente y emprendedor. A los 8 años, escribía cuentos y se los vendía a los vecinos, y siempre le gustó tener su propio dinero. De hecho, recuerda que se compró su primer “bebote” con su propio esfuerzo.
Esta actitud de “rebuscarse” y tener su plata la llevó a ver en el modelaje una oportunidad para independizarse. A pesar de haberse criado en el seno de una familia conservadora de Tucumán, se mudó a Buenos Aires y lanzó su carrera. Su deseo de emprender se mantuvo a lo largo de los años y siempre tuvo presente que su verdadero sueño era tener una empresa, “no ser la mejor modelo”. Hoy, además de dedicarle todo el tiempo que puede a su hijo, Bernasconi tiene una marca de ropa para chicos que se llama Rum Rum y fantasea con un próximo proyecto en bienes raíces. Hoy, además de dedicarle todo el tiempo que puede a su hijo, Bernasconi tiene una marca de ropa para chicos que se llama y fantasea con un próximo proyecto en bienes raíces.
—¿Cuáles son los orígenes y la inspiración detrás de tu marca de ropa para niños?
—Hace 4 años que estoy desarrollando esta marca que es para chicos, para varones. O sea, puede ser unisex también porque hay cosas que usan los chicos y las chicas, como por ejemplo los jeans, las camperas de jeans, pero la marca está enfocada para varones porque me di cuenta que siempre para las mujeres hay de todo y para los varones casi nada ¡A los chiquitos les gusta vestirse bien! Les gusta elegir sus remeras, las estampas. Es algo que noto mucho con los amigos de mi hijo. Desde que soy mamá de un varón me vino esa idea.
—¿Te imaginabas siendo mamá de un varón?
—¿Sabes que no me imaginaba teniendo una nena? ¡Me encanta tener un varón! Fui criada entre varones. Así que se me dio muy natural.
—¿Cómo es el modelo de negocio de ‘entrega usada’ de tu marca?
—Siendo mamá me di cuenta de la velocidad con la que crecen los chicos. Entonces dije: “Bueno, tenemos que inventar algo para que las madres compren algo de muy buena calidad, pero que después cuando la prenda no le entre más al niño puedan entregar el usado como parte de pago y cambiarlo por otro talle. Hacemos mucho hincapié en lo que es la calidad, entonces sabemos que el pantalón va a venir intacto. El 60% de nuestros clientes ya entregó su usado.
—¿De dónde sale el nombre Rum Rum?
—¡Ruuuuum ruuuuum! ¡Rum rum es porque Iñaki es un fierrero, pero jodido! Salió igual al padre y a los abuelos. Mi abuelo materno era muy fierro y mi abuelo por parte de padre era aviador, o sea, tenía su avión... Los motores siempre estuvieron. Mi papá era muy de la moto, mis hermanos también.
—¿A vos también te gustan los autos?
—Me encantan. Iñaki cuando era chiquito se subía arriba mío, me agarraba las manos y hacía “rum rum”. Me acuerdo que cuando tenía 2 o 3 años, Fede [su pareja, el empresario Federico Álvarez Castillo] tenía un auto que era un Corvette que a Iñaki le encantaba y se la pasaba arriba del auto: desayunaba, almorzaba, todo arriba del auto. Cuando se lo vendió a un amigo, Iñaki estaba indignado con que se habían llevado el auto. Así que de ahí viene el nombre.
—Nombraste a tu papá, a tus hermanos, a tus abuelos...¿Tenés muy presente a tus raíces?
—Me encanta. Estoy orgullosa de donde vengo. Con lo malo, con lo bueno. Amo Tucumán, amo todo lo que me dio. Tuve una familia muy linda con sus defectos, por supuesto, como toda familia, pero estoy muy orgullosa de donde vengo. Lo llevo en mi corazón y en mi accionar todos los días.
—¿Qué es lo lo más lindo que te dejó tu infancia en Tucumán?
—Yo me crié en Marcos Paz, un lugar donde todas las familias se conocían. Fui a un muy buen colegio con muy buenos valores: el respeto, la empatía, entender que ser buena persona es lo más importante que hay. Me dieron una infancia alegre y pura, en la que si bien teníamos todo no era materialista. El aparentar no funcionaba en el mundo donde yo me crié. Tuve una crianza con muchísima naturaleza, con amigos de oro. Por ahí lo malo era que al ser muy chico todas las familias nos conocíamos y pueblo chico, infierno grande... Todo el mundo sabe todo, pero no lo viví como un peso.
—Una infancia tradicional alejada de las apariencias y decidiste irte a Buenos Aires a lanzarte como modelo, un trabajo que se basa en la apariencia ¿Qué dijo tu familia?
—Mi familia es muy conservadora, era, porque después ya tuvo que abrir más la mente, la cabeza. Yo me mostraba en microbikini y de repente mi papá totalmente tradicional, conservador, no la podía acreditar. Le parecía un horror, pero era lo que a mí me salía hacer y era lo que mejor me salía en ese momento. No lo hice de rebelde: no encontraba qué estudiar. Sentía que nada me apasionaba y desde muy chica me llamaban para hacer fotos. A los 14 ya me empezaron a pagar, vi que tenía una oportunidad ahí y me lancé. Era la manera que tenía de independizarme. Siempre fui un espíritu muy libre y y siempre me gustó tener mi plata, desde muy chiquita. A los 8 años, la edad de mi hijo, escribía cuentos y los vendía en la puerta de mi casa.
—¿Y te compraban?
—¡Sí! (risas) ¡Eran un desastre los cuentos! Yo me iba en bicicleta y le tocaba la puerta a todos los vecinos. Tenía un speech muy encantador y los terminaba convenciendo. Era como el gatito de Shrek. Siempre fui muy de rebuscarme, de salir, de tener mi plata, mi primer bebote me lo compré yo. Siempre fui muy emprendedora.
—¿Cómo fue ese cambio de Tucumán a Buenos Aires?
—Venía de un ambiente totalmente diferente. Venía super sobreprotegida: mi vida era ir a un colegio mañana y tarde, los fines de semana ir a ver rugby o al golf. De repente, me fui a un mundo donde estaba sola, no tenía nadie de mi familia, no conocía a nadie, solamente a los Prat-Gay y a los Keenan. Tuve polenta, garra y los valores muy bien puestos. Obviamente, era muy chica, tenía unos 17 años y hubo momentos que me mareé.
—¿En qué sentido “te mareaste”?
—Estaba con unas ganas tremendas de comerme el mundo.
—¿Y sentís que te lo comiste?
—En cierta forma... No sé si me lo comí, era un pensamiento cuando era más chica. Siento que me fue muy bien. Estoy contenta. Me hubiese gustado hacer algunas cosas mejor, pero es parte de la vida y todos los errores que cometí me convirtieron en la mujer que soy hoy. Hoy estoy orgullosa, pero la pasé brava. No fue fácil.
—¿Tenías tu grupo de amigas modelos?
—Me juntaba mucho con otras chicas que también venían del interior. En mi círculo hay muy poca gente del ambiente. Teresa Calandra, que es una persona que yo amo, Carola del Bianco, que es una gran amiga, María Vázquez, que la adoro, pero sobre todo conservo a mis amigas de toda la vida.
—¿Qué fue lo más duro que viviste en tu carrera como modelo?
—Las exigencias. También me acuerdo que no me pagaban, no tenía plata, tenía que bancarme mi departamento. Tuve muy buena situación económica, pero después papá se fundió, entonces ahí viví lo que era tener todo y después nada. Si bien lo sufrí en su momento, me hizo salir adelante. Me alquilé un departamento re chiquito, pero estaba feliz. A veces no tenía plata porque por ahí las agencias no me pagaban. Llegué a comer un paquete de galletitas por día porque tenía que pagar el alquiler, me iba caminando 50 cuadras con zapatillas, llegaba toda chivada y me ponía los tacos, me secaba un poco y aparecía y hacía el casting. Siempre fui una persona positiva que confiaba en mí.
—En retrospectiva, cuando recordas esa época de furor que viviste como modelo siendo tan chica, ¿sentís que estuviste muy expuesta?
—En una época estuve muy vulnerable. Tenía mucha presión. Era una época en que de repente las supermodelos eran espectaculares. Empezaron a aparecer modelos como Kate Moss que tenía una flacura extrema y yo tengo un cuerpo más pulposo entonces tenía mi miedo de decir: “¿Qué voy a hacer? Dependo de mí misma ¿Cómo hago yo para entrar en estos vestidos?“. Es como que te empezás a traumar y a eso me refiero con la vulnerabilidad, porque si vos tenés a tu familia cerca, te dicen: “Bueno, pará”. No es que mi familia me abandonó, pero a 1200 kilómetros es más difícil. Son esas vulnerabilidades que por ahí estando más contenida, no te enfermás de anorexia.
—¿Creés que ahora esos estándares de exigencia siguen vigentes?
—Pareciera que ahora están volviendo... En realidad, la anorexia creo que nunca se fue. La mujer nunca dejó de exigirse. Creo que en la Argentina hay una exigencia feroz de la sociedad. Lo siento a veces acá en los comentarios. “Qué vieja que estás, qué arrugada que estás”. Es una presión que yo ya no la tengo porque estoy muy relajada, pero que está. Yo ya tuve anorexia y no me gusta ir para atrás: a mí me gusta ir para adelante, pero siento que hay una exigencia enorme y que los comentarios son muy dañinos. En las redes se habla con mucha soltura y con mucha agresión.
—¿Cómo te sentís en esta etapa de tu vida?
—Ser modelo era un medio para otra cosa. A mí me gusta emprender, me gustan los negocios, me encantan. Además, fui embajadora hasta hace muy poquito del Banco de Alimentos de Tucumán; lo hice durante 15 años. Ahora cerré ese ciclo y estoy por hacer otras cosas, pero me encanta poder poner mi granito de arena y ayudar a otro, hacer un puente, me encanta. Me gusta lo simple, para mí es más importante vivir momentos felices que tener millones de dólares en el banco. Obviamente, a quién no le gusta vivir bien y tranquilo y demás, eso obvio, pero soy una gran buscadora de momentos felices. Con Iñaki tenemos charlas alucinantes cuando venimos de la playa tarde. Estoy disfrutando mucho a mi hijo, disfruto mucho de él desde el día que nació, pero ahora que está más grande tenemos charlas tan lindas que digo: “Wow”. No me quiero perder ni un minuto de él.
—Viviste un momento duro con tu hijo cuando se cayó de un balcón, por suerte sin consecuencias...
—Sí. Fue muy duro. Muy duro. Fue algo de segundos y todos los que me conocen no la podían creer porque en general me decían: “Bueno, sóltalo un poco”. Yo era muy sobreprotectora. Me di vuelta 2 segundos y se trepó y se cayó. No se hizo nada. Viví un milagro ahí, siento que viví un milagro. Es creer o reventar pero yo había puesto a la Virgen de mi abuela dos semanas antes ahí en el balcón. Me pone la piel de gallina. La casa era medio nueva y una amiga me dijo: “¿Por qué no pones la Virgen ahí así ve toda la casa y la ilumina?“. Era una Virgen de Luján de mi abuela, Carolina Bernasconi. Fue raro que la pusiéramos en el balcón porque no era para estar afuera. Creo que fue la Virgen la que lo protegió. Después se mojó y una restauradora del Colón me la restauró y quedó espectacular. Fue impresionante, y yo realmente creo que nos protegió.

